miércoles, 21 de octubre de 2009

LA IDEA DE LA MUERTE Y EL PROCESO DE MORIR




Finalizada la existencia del modo, interrumpidas las relaciones características de las partes externas que componen nuestro propio cuerpo, la esencia interrumpe su “función en la existencia”, deja de ser conato, tendencia o apetito y regresa a la esencia infinita que es su causa inmanente, de la que nunca se desvinculó.

Inmanente es aquello que es en otra cosa y nunca deja de ser en aquello que es.
La esencia de modo es inmanente de la esencia infinita de la que proviene y nunca deja de ser esencia infinita en el modo finito que es, aún cuando éste deje de existir.

Descompuesto el cuerpo que soportaba la existencia, todas las ideas que componían la mente y dependían de ese cuerpo, se desvanecen con él.

La idea es la cosa misma expresada en el atributo pensamiento o entendimiento. La idea del propio cuerpo, es el cuerpo mismo en la mente, un cuerpo mental, aquel que nos pertenece en nuestros propios sueños. La idea de las relaciones del propio cuerpo, es esas mismas relaciones en la mente, o sea, los propios afectos. La idea de la esencia, es esa misma esencia en la mente, es decir, beatitud, sabiduría o compasión.

Las ideas afección/pasión o ideas del primer género del conocimiento, son formadas por la mente, por ser una cosa pensante, en relación al propio cuerpo que es afectado o padece. Son ideas del propio cuerpo, representaciones, signos o huellas del propio cuerpo en la mente.

No son ideas adecuadas porque, “en tanto consideradas en sí mismas, sin relación al objeto (del que son ideas) no tienen todas las propiedades o denominaciones intrínsecas de las ideas verdaderas” (Ética II, definición IV). Es decir, no son por causa de sí mismas, no tienen realidad intrínseca, sin cuerpo afectado no hay ideas afección. Sin aquello que representan, sin aquello que señalan, sin aquello de lo que son huella, o sea, sin el propio cuerpo, nada son.

Finalizado el cuerpo, finaliza toda idea afección/pasión y con ellas toda afección o padecimiento, sin cuerpo que padezca no hay mente alguna que registre signos de ese padecimiento o huellas de esa afección. Las ideas afección/pasión son tan finitas como el cuerpo del que son ideas.

Como la mente y el cuerpo, son expresiones de una misma cosa en atributos diferentes (pensamiento y extensión), así como la supresión del cuerpo suprime todo padecimiento, la supresión transitoria de la mente, que todos conocemos como estado de inconsciencia, supone la desaparición de todas las afecciones, representaciones, signos o huellas del propio cuerpo mientras dure ese estado.

Las ideas del segundo género del conocimiento, ideas relación o nociones comunes, son de dos tipos: las más particulares o menos generales y las más generales o universales.

Las nociones comunes más particulares se refieren a las relaciones de mi propio cuerpo (y mente) con otros cuerpos (y mentes). Estas nociones comunes desaparecen absolutamente cuando muere mi cuerpo y con ellas desparece toda mi persona y personalidad, el “yo” que se relaciona se desvanece y con él todas sus relaciones.

Mueren aquí todos los afectos, en tanto “afecciones del cuerpo por las cuales la potencia de obrar del cuerpo mismo es aumentada o disminuida, favorecida o reprimida…” (Ética III, definición III) y muere aquí toda la imaginación y la memoria (Ética V, proposición XXI).

Las nociones comunes más generales o universales, son aquellas que se refieren a las relaciones de otros cuerpos (y otras mentes) entre sí, independientemente del mío. Estas ideas adecuadas perseveran en la existencia más allá de mí mismo y configuran aquello que todos conocemos como “universalidad del entendimiento” o “conocimiento universal”. Así como esas ideas no necesitaron de mí para existir, no necesitan de mí para perseverar en la existencia. Pertenecen al universo todo o modo infinito mediato y perseveran mientras éste exista.

¿Qué queda entonces de mí mismo?

Desaparecidas las ideas afección/pasión y las nociones comunes más particulares, toda la persona y personalidad que ellas configuraban se desvanece, y regresadas las nociones comunes universales al sitio al que siempre pertenecieron, algo se devela de mí mismo que permanecía oculto por toda esa construcción.

Aquello que se devela es mi “propia” esencia, esencialmente dicha, innata y por eso mismo ignorada.

Sucede aquí lo inverso de aquello que sucedía con las ideas afección/pasión. Éstas desaparecen cuando desaparece su causa externa, el cuerpo del que son ideas, inversamente, la esencia aparece por ser causa de sí misma, una vez desaparecidas todas las causas externas.

Desvanecidas todas las ideas, aparece aquí la causa misma de todo lo que es y obra, sin necesidad de ninguna causa externa, la causa de mi esencia que es la esencia misma.

Mi existencia es por causas externas, ellas mismas existentes, pero mi esencia es inmanente de la esencia infinita que es por causa suya, o sea, mi esencia es esencia infinita.

Las ideas afección/pasión (primer género del conocimiento) y las nociones comunes más particulares (segundo género del conocimiento), se desvanecen cuando desaparece su causa, el cuerpo mismo. A la inversa, la esencia aparece por ser causa de sí misma, aunque no tengamos de ella ninguna idea.

Nada perece de la esencia en el proceso de morir, él sólo es perecimiento de la existencia y por virtud de ese perecimiento, la esencia aparece despojada de toda su “función existencial”, despojada de todo conato, tendencia o apetito, expresándose a sí misma directamente.

El proceso de morir, desde el punto de vista mental, es un proceso de desvanecimiento de las ideas o de deconstrucción.

Todas y cada una de aquellas ideas que dependen, expresan, señalan o son huellas del propio cuerpo y de sus relaciones, se desvanecen con su muerte. Desaparecida la concordancia de esas ideas con lo ideado, desaparece su realidad extrínseca, que es su única realidad y nada queda de ellas mismas (Ética II, definición IV, explicación).

El desvanecimiento o desmoronamiento de esas ideas, devela y expresa la causa misma de todas las ideas, la esencia dichosa o entendimiento infinito, del que emana la infinita satisfacción inmutable (Tratado Breve, capítulo II, punto 3). Surge aquello que sólo tiene realidad intrínseca por ser causa de sí.

La esencia misma es impensable si no se ha ensayado y experimentado en la existencia con ideas del tercer género del conocimiento, paradójicamente, la existencia misma es sostenida en su transcurso o duración por la expresión de su esencia dichosa.

Somos sostenidos en la existencia por la expresión de la esencia dichosa o “función existencial de la esencia”, es decir, por el “conatus”, tendencia, apetito o deseo de dicha, que no es otra cosa que la propia tendencia a perseverar en la existencia o potencia de existir, o sea, la virtud misma (Ética IV, proposición XXII), de la que podemos ser conscientes adecuada o inadecuadamente.

Si toda la dicha conocida en la propia existencia dependió de las afecciones dichosas del propio cuerpo, es decir, si sólo tenemos ideas dichosas de la propia afección corporal (dicha del bienestar, placer, fortuna de los buenos encuentros), éstas desaparecen absolutamente con el cuerpo del que son ideas y nada queda de nosotros mismos.

Si hemos alcanzado en vida alguna idea de la “propia” esencia dichosa y a partir de ella, que es esencialmente común, concebimos la esencia de las cosas y los seres de la Naturaleza toda y de la Naturaleza Naturalizante como su causa, esas ideas que configuran la mente en función de la esencia misma y que en nada dependen del propio cuerpo, perseveran con y en ella y son eternas.

Ésta es la única medida de nuestra propia eternidad.

¿Qué es lo impensable en la idea de la muerte?

Todas las nociones comunes más particulares, las que me tenían a mí como protagonista, finalizan, en tanto yo mismo finalizo en el mundo de las relaciones. Mi persona, mi personalidad, mis modos de ser y obrar en el mundo y mis modos de pensar, finalizan en la existencia, la máscara se desvanece hasta desaparecer.

Esta es la parte impensable de la propia muerte, porque requiere para ser pensada de ideas que superen a las nociones comunes, requiere para poder ser pensada de ideas de la esencia o del tercer género del conocimiento.

La única manera de conocer lo desconocido, de reconocer algo en aquello ignorado, es a partir de ideas anteriores y conocidas (Principios de Filosofía de Descartes, parte 1, Axioma 1).

Para quienes piensan y existen en el primer y segundo género del conocimiento, es decir, la mayoría de las personas, la idea de la muerte es impensable, porque carecen de ideas con las cuales poder pensarla.

Las ideas afección/pasión o del primer género, no pueden pensar el fin de toda afección o padecimiento, esto sería pensar su propia aniquilación, destruir el instrumento mismo con el cual se piensa. Por eso “el ignorante…, tan pronto deja de padecer, a la vez deja también de ser.” (Ética V, última proposición, escolio).

Las ideas relación o razonamientos, del segundo género del conocimiento, tampoco pueden pensar el fin de todas las relaciones, esto implicaría dejar la mente vacía, no quedaría en ella idea alguna con la que se pueda pensar o tener alguna consciencia.

En estos géneros del conocimiento o de la existencia, la muerte es impensable porque implicaría la desaparición de todas las ideas de que dispone el pensamiento, sería la desaparición del entendimiento mismo. En este estado de cosas, la idea de la muerte es la tristeza o desdicha en grado sumo.

Es por eso que aquellas personas aferradas al puro razonamiento (segundo género), afirman que la muerte es la nada misma, y es también por eso que la mayoría de las personas están absolutamente imposibilitadas y se niegan a pensar en ella.

Para quienes alcanzaron alguna idea del tercer género del conocimiento, sabiduría, beatitud o compasión, esa idea estará allí en la mente, disponible para poder pensar este proceso, impensable desde los otros géneros del conocimiento. Como las ideas del tercer género son ideas de la esencia, ellas son esencialmente dicha que inmuniza al espíritu de toda tristeza, con ellas puede pensarse la muerte sin sentimiento alguno de desdicha.

Si no hay en la mente alguna idea de la esencia, el pensamiento de la muerte es insoportable, porque soporta e importa la nada misma, es confusión y pura angustia.

En auxilio de esta angustia como afección corporal, acude todo el poder de la imaginación y su imaginería. Esa es la función fundamental de la imaginación como pasión, calmar la angustia de la ignorancia, satisfacer con ideas imaginarias a la mente que padece por la ausencia de ideas verdaderas.

Surgen así todas las ideas de la inmortalidad, del propio cuerpo, de la propia alma (mente) y en su auxilio aparecen todas esas criaturas peculiares a las que la imaginación atribuye un ser esencial sin contrapartida o adecuación en la existencia. Ángeles, arcángeles, demonios y un Dios mismo, eminente, antropomórfico, omnipotente, que todo lo designa con su infalible voluntad (Teísmos y Deísmos).

Estos sistemas de ideas imaginarias configuran todas las religiones que imperan en el mundo y contaminan gran parte de las Filosofías. La mayoría de las personas encuentran en ellas la calma para su angustia existencial.

Son construcciones de ideas inadecuadas, en tanto pura imaginación que aquieta la angustia, pero condensan en sí mismas la intuición esperanzada y temerosa de una verdad, esa intuición de la verdad es la que calma la angustia y le da cuerpo a ese fenómeno humano que denominamos “fe”. Como todo lo fallido o falso, tienen como causa la verdad misma (Ética II, proposición XLIII, Escolio), si así no fuera, no tendrían ningún efecto.

Pero hay una enorme diferencia entre tener una temerosa esperanza de alcanzar la verdad o poseerla activamente y reposar en ella.

La esperanza es una alegría inconstante, porque tiene ese poco de tristeza que implica la duda de un acontecer dichoso. El miedo es una tristeza inconstante, nacida también de la imagen de una cosa dudosa (Ética III, proposición XVIII, Escolio).

Estos afectos no son buenos por sí mismos (Ética IV, proposición XLVII), ni son buenos por sí mismos los actos a los que nos conducen.

El desvanecimiento de la máscara, desenmascara la esencia que aparece, con o sin consciencia de sí misma.

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