martes, 13 de julio de 2010

TRISTEZA Y PODER




TRISTEZA y PODER.

La tristeza en todas sus formas; ideas tristes, pasiones tristes, acciones tristes o sentimientos tristes, disminuye la potencia de existir, que es potencia de obrar (corporal) y potencia de comprender (mental).
¿Qué es la tristeza y cuál es su esencia?
La tristeza nada es en sí misma porque no hay esencias tristes. La esencia es naturaleza, conato, tendencia o apetito, que al hacerse consciente llamamos “deseo” y el deseo es siempre deseo de dicha o alegría. Las ideas, pasiones, acciones o sentimientos tristes, son una y la misma cosa; aquello que disminuye la potencia de existir, la naturaleza o esencia dichosa.
Como la verdad “es norma de sí y de todo lo falso” (Ética II, proposición XLIII, escolio), la dicha es norma de sí y de todas las desdichas. La causa de lo falso es algo verdadero que se pretende emular con mayor o menor perfección. La causa de toda desdicha es una dicha o alegría, que por error se expresa falazmente, esa falacia es la tristeza.
Detrás de toda desdicha hay una dicha, que no pudo expresarse por un error de facto. Los errores de facto en la existencia son las pasiones tristes, que disminuyen la potencia de existir –potencia de obrar y comprender- y cuyo origen es siempre la ignorancia de las causas y su expresión en el acontecer es el error.
Los aciertos de facto en la existencia son las pasiones dichosas y, especialmente, las acciones eficientes, que responden al conocimiento adecuado de las causas, a la posesión de la potencia de obrar y comprender y cuya expresión en el acontecer es la acertividad.
No existe la desdicha como origen u oriente, porque nada se compone por su causa, nada es por la desdicha de su ser y no hay en ella ninguna virtud, más allá de la que alimenta al poder en su construcción y crecimiento.
El poder se construye con la desdicha e impotencia ajenas, mientras que la potencia se expresa en una comunidad de potencias. El poder es algo individual y la potencia es algo común o colectivo, algo que todos poseen por derecho esencial o de naturaleza. Hay entre ambos una tensión permanente, la del individuo y la multitud. Esa tensión permanente entre poder y potencia o entre individuo y multitud, es el núcleo de la política, que no es otra cosa que la constancia o el “estar de acuerdo” entre el individuo y la multitud en la Ciudad. La política es el arte de resolver esta tensión por la vía del poder o por la vía de la potencia, es decir, sembrando desdichas o dichas colectivas respectivamente.
La esencia es naturaleza, es potencia de ser, obrar y comprender y siempre se expresa en la existencia, no hay esencias abstractas, es decir, separadas de alguna existencia en acto o actual. La concepción de esencias abstractas, es decir, de naturalezas separadas de alguna existencia concreta, es la raíz de los mitos, de toda la mitología y de las metafísicas sobrenaturales, esencialmente mentiras que la mente humana crea por necesidad o compulsión de su imaginación, que no yerra en tanto imagina, sino que yerra por carecer de una idea que excluya aquello que imagina (Ética II, proposición XVII, escolio), o sea, por no poder evitar creer en la existencia de esencias abstractas.
De igual modo, la existencia expresa la esencia, es su afección en acto y no hay existencias abstractas, es decir, separadas de alguna esencia. No obstante hay modos de existir, de ser y obrar en la existencia, más o menos abstractos, más o menos separados de la esencia. De hecho, los tres géneros del conocimiento de Spinoza, no son otra cosa que la minuciosa descripción de los modos de existir en relación a la esencia; afección de la esencia en el primer género, relación de la esencia en el segundo género y conocimiento de la esencia en el tercer género. Siendo la esencia aquello que se expresa actualmente en la existencia, esa expresión puede implicar un mayor o menor grado de potencia esencial. Cuando la esencia expresa un menor grado de su potencia en la tristeza, la existencia se separa o aleja de la potencia esencial, es decir, se hace más abstracta; lo contrario acontece cuando la esencia expresa o explica un mayor grado de su potencia en la alegría. La tristeza no es otra cosa que inexpresividad esencial y la alegría no es otra cosa que su expresión.
Abstraer algo es separarlo de su causa eficiente. Como el conato, la tendencia o el apetito, que expresan la potencia de existir o tendencia a perseverar en la existencia, es decir, la realidad, duración o perfección (Ética II, definición V y VI), son por causa de la esencia dichosa, cuanto más se separan de ella en la tristeza, más abstractos devienen, más se separan de su causa. Es por eso que en la tristeza no sabemos qué hacer, las causas del ser, obrar y comprender, se separan de nosotros mismos y sólo queremos abandonar ese modo de existir, interrumpir esa duración triste, esa vivencia de imperfección. A la inversa, en la alegría, la esencia expresa en la existencia una potencia mayor y tendemos a perseverar en ella, nuestra causa de ser y obrar se hace más potente y nos sentimos más perfectos, durables y reales. –
La tristeza es el modo más abstracto de la existencia porque es el modo de expresión menos potente de la propia esencia o naturaleza, en el que ésta expresa su menor perfección, es decir, su menor potencia o realidad, configurando la ecuación que expresa la inadecuación misma; “existencia ≠ esencia”.
La dicha o alegría es el modo menos abstracto de la existencia porque es el modo de expresión más potente de la esencia, su modo más real y perfecto, configurando la ecuación que es la adecuación misma; “existencia = esencia”.
Siempre es la esencia aquello que se expresa, la existencia es esencia en acto. En la medida de la expresión de nuestra causa, esencia o naturaleza, somos dichosos y en la medida de su inexpresividad somos desdichados, en igual sentido somos más o menos abstractos, más o menos perfectos y reales. Cada criatura es tan perfecta como lo permite la expresión de su esencia en la existencia. Como todo aquello que es por una causa externa debe a esa causa toda su perfección (Ética I, proposición XI, escolio.), acercarnos o alejarnos de esa causa externa que expresa aquello que somos implica toda nuestra perfección o toda nuestra imperfección.


Poder y Potencia.

Sembrar desdicha o tristeza es la manera de cosechar poder propia de los seres humanos impotentes. El poder nada tiene que ver con la potencia que expresa la propia naturaleza o esencia dichosas, es su contracara o antípoda.
No estamos hablando de la potencia dichosa que despliega todas las capacidades en pos de su expresión, eso sería una criatura libre que actúa con plena capacidad de su potencia de obrar y comprender. Estamos hablando de seres desdichados, sometidos a pasiones tristes y por ende impotentes, que necesitan o están compelidos a sembrar desdicha, o sea, sometimiento y sumisión, no por alguna intrínseca “maldad”, que no haya sitio en ninguna esencia, sino porque necesitan de abundantes acciones colectivas, causas externas, orientadas en su propio beneficio para compensar su impotencia individual, que lejos de mitigarse se transforma en poder. El poder es una forma de la impotencia.
Cuantas más cosas puede un cuerpo por sí mismo, menos padece, más potente es y menos necesita del poder, propio o ajeno. Cuantas menos cosas puede un cuerpo por sí mismo, más padece, más impotente es y más tiende al poder, propio o ajeno.
La intensidad y duración de nuestra vida no se mide por nuestra propia esencia o potencia de existir, sino por su confrontación con las infinitas potencias externas y existentes comparadas con la nuestra (Ética IV, proposición V). Es un cálculo diferencial entre potencias de existir, esencias o naturalezas, del que surge la “derivada” temporal, la “tasa de cambio en el tiempo” o el “flujo” de la existencia.
A mayor expresión de la propia esencia, es decir, a mayor potencia esencial expresada en la existencia como capacidad de perseverar o potencia de existir, mayor será la acertividad vital de la existencia y en el transcurso de la vida podremos hacer frente a infinitas y variadas causas externas, teniendo siempre en cuenta que habrá potencias externas mayores a la nuestra que pueden destruirnos (Ética IV, proposición III), ésta es la posesión plena de la potencia de obrar y comprender, única garantía de una existencia dichosa o una vida buena.
A menor expresión de la propia esencia dichosa, es decir, a menor capacidad de perseverar en la existencia o potencia de existir, menor será la acertividad vital de la existencia y no podremos hacer frente exitosamente a las infinitas y variadas potencias externas que nos afecten en la vida. El miedo, la sumisión y la impotencia, serán las pasiones tristes que rijan la existencia en el error y que induzcan a buscar la alianza con el poder y los poderosos como modo de compensar la propia impotencia, que lejos de conjurarse deviene poder, propio o ajeno.

El tirano y el esclavo.

El tirano y el esclavo, o sea, el poderoso y el impotente, forman una díada indisociable, son las dos caras de una misma moneda, por eso Spinoza combate a ambos dos con igual intensidad.
Sembrar tristeza es el recurso de los sistemas de poder que orientan todas sus acciones a mermar la potencia colectiva de la multitud, único método para perpetuarse.
El tirano y el esclavo son las dos versiones de una misma figura, la de la impotencia, comparten idéntica ignorancia de las causas externas por las que padecen. Como siempre hay una causa externa más potente que puede destruirnos (Ética IV, Axioma.), el tirano es siempre su esclavo, a ella teme y se somete.
El hombre libre a nada teme, ni siquiera a Dios, porque no puede temerse aquello que se ama con amor intelectual, es decir, aquello que se conoce y comprende. Conocer adecuadamente la causa de todo aquello que es y obra en la existencia nos hace libres, es decir, reduce a su mínima expresión las pasiones y el padecimiento, propios de la pasible existencia.

La idea de Dios.

Todo aquello que existe en la naturaleza toda (Naturaleza Naturalizada), es por una causa externa a sí mismo y previamente existente (Ética I, proposición XXVIII), tanto se trate de cosas, como de seres o de hechos. Pero si orientamos el pensamiento a la causa primera, origen y oriente de todo aquello que es y obra en la naturaleza toda, arribamos a aquello primero que es por causa de sí mismo, a la pura potencia de existir fuera de la cual no hay causa externa alguna, ésta es la Sustancia Infinita, que por naturaleza es anterior a sus atributos, afecciones y modificaciones (Ética I, proposición I), la Naturaleza Naturalizante, el infinito absoluto que se expresa en el infinito inmediato (atributos y esencias) y que será causa inmanente y perseverante de y en todas las cosas del infinito mediato, el aspecto del universo todo, los modos finitos o individuos y el entendimiento infinito en acto (intellectus infinitus actu).
Como seres existentes, es decir, producidos por una causa externa a nosotros mismos y preexistente, la concepción o el recibimiento de la idea de una Sustancia absolutamente infinita que es por causa de sí misma y es, a la vez, causa inmanente de todo aquello que es y obra en la naturaleza toda, confronta a nuestro entendimiento con sus propios límites, es decir, confronta al entendimiento humano con el entendimiento infinito, absoluto o divino. Esta confrontación pone en evidencia que el entendimiento humano y el entendimiento infinito o divino, no tienen en común nada más que la asignación de un mismo nombre, como sucede con la palabra “can” asignada a la constelación celeste y la palabra “can” asignada al animal que ladra (Ética I, proposición XVII, escolio).
Precisamente la confrontación con ese límite del entendimiento humano es aquello que patentiza la existencia de un entendimiento infinito, que es sólo pensable para nosotros mismos como límite o frontera absoluta, más allá del cual nada puede pensarse. Es un anonada miento frente aquello que existe más allá de todo aquello que puede ser pensado como existente. Esa confrontación es un milagro (“hecho admirable”) que sólo acontece en la mente humana y no es otra cosa que la idea de Dios, concepto anterior a todo concepto, es decir, anterior al concepto de afección o modificación, por el cual también puede ser concebido o “recibido” (Ética I, definición V). La concepción o el recibimiento directo de Dios no es otra cosa que la imposibilidad de su concepción o recibimiento inmediato, Dios es concebido directamente sólo por la imposibilidad de su concepción inmediata. Su condición ontológicamente anterior a la afección o modificación lo hace inconcebible desde esa misma afección o modificación, es decir, desde el modo finito existente en acto.
A ese anonada miento o imposibilidad de concepción o recibimiento directo de la idea de Dios, sólo está sometido el ser humano, ese sometimiento configura el padecimiento esencial de su entendimiento, que se limita y configura a partir de aquello que no puede concebir. Esta confrontación entre lo pensable y lo impensable agita tanto a la imaginación como a la razón. Ya sea por vía de la imaginación como por vía de la razón, esa confrontación con el límite mismo del pensamiento que configura la idea de Dios, acontece en toda mente humana. Como ontológicamente, la capacidad de imaginar es muy anterior a la capacidad de razonar, es decir, todos los seres humanos imaginamos mientras muy pocos logran pensar adecuadamente, la idea de Dios surge como una construcción de la imaginación mucho antes de poder ser un producto de la razón. Por eso, todos imaginamos a Dios, pero muy pocos pueden conocerlo y comprenderlo.
Dicho de otro modo, la idea de Dios es la única idea adecuada que no es en Dios, por eso Spinoza niega un entendimiento y una voluntad divinos (Ética I, proposición XVII, escolio). En ese extenso escolio de la proposición XVII nos explica que la potencia de obrar y la potencia de comprender son en Dios una y la misma cosa, Dios obra y comprende en un único y mismo acto. No hay en Él una comprensión o entendimiento que muevan al acto de obrar, lo que supondría que Dios comprende mucho más de lo que obra, es decir, que hay cosas que Dios comprende y no obra, lo que repugnaría a su potencia infinita u omnipotencia, ni hay un acto de obrar que motive una comprensión o entendimiento, lo que supondría que Dios puede obrar sin comprender, es decir, que obra más de lo que comprende pudiendo ser causa de error. Ambos mecanismos aquí descriptos son propios del entendimiento humano que promueve la acción tanto por el conocimiento adecuado como por el conocimiento inadecuado de las causas y muchas veces llega a conocer las causas adecuadamente por los errores de sus actos en la experiencia. Nada de esto sucede en Dios que es omnipotente e infalible y cuyo entendimiento infinito no comparte con el humano nada más que el nombre. Dios no elige las cosas que existen, es causa inmanente de su esencia y existencia sin discriminación ni preferencia por ninguna, en tanto a todas comprende, es causa de todas y en todas persevera. Por eso Spinoza afirma que el mundo no pudo haber sido creado en ningún otro orden ni de ninguna otra forma que como ha sido creado (Ética I, proposición XXXIII).
Dios no tiene idea de Sí mismo o, mejor dicho, la idea de Sí mismo no es distinta de las ideas de las esencias de las cosas y de los seres de la naturaleza toda, incluyendo la idea de la esencia o naturaleza de los seres humanos. Como afirma Vidal Peña en su nota al pie número 18, a propósito de la proposición XXXI de Ética I, “el pensamiento en Dios no es autoconsciente, es un orden impersonal de esencias racionales”. Dios no se concibe (recibe) a Sí mismo por fuera de todo aquello que Él es y obra, es decir, por fuera de sus afecciones o modificaciones existentes en acto (citar a P. Macherey y Etienne Balibar), ya que por fuera de Él nada hay que contradiga su naturaleza absoluta, nada hay que oficie de límite o frontera que determine los alcances de su entendimiento absoluto.
Dios se piensa a Sí mismo en las criaturas humanas, la idea de Dios es patrimonio de los hombres y sólo en ese sentido podemos decir que somos Su espejo o reflejo, expresamos a Dios en una idea. No por haber sido creados a Su imagen y semejanza, como sostienen las religiones que reivindican un Dios antropomórfico, sino por ser la más compleja de sus afecciones o modificaciones en la cual el entendimiento llega a concebir/recibir Su idea, que no es otra cosa que la idea de Su entendimiento absoluto, por confusa que esta sea.
La idea de Dios es la más grande de las tres ideas del tercer género del conocimiento, porque incluye a todas las demás y su concepción o recibimiento es un hecho constante en toda mente humana. La mente humana es la única en toda la Naturaleza Naturalizada que accede a la idea de Dios y está obligada a hacerlo con la imaginación mucho antes de poder hacerlo con la razón. Más tarde o más temprano, imaginamos a Dios, porque más tarde o más temprano, ya sea por padecimiento corporal o por amor intelectual, alcanzamos Su idea al alcanzar el límite de nuestro propio entendimiento. La idea de Dios es aquello impensable que cerca, delimita y determina los alcances del pensamiento humano mismo. Si quieres conocer los alcances a los que ha arribado un entendimiento humano determinado, es decir, una persona concreta, pregúntale: ¿Qué es Dios?
El modo geométrico que emplea Spinoza en sus cinco libros de la Ética, es un laberinto de conceptos a través de los cuales nos acorrala, encierra y obliga a asentir que aquello que por nuestra propia naturaleza resulta impensable, es verdad. Spinoza apela al modo geométrico no por vanidad académica, ni por vicio de su propio pensamiento matemático, sino porque es el único inmune a la imaginación.
Ese potente laberinto de conceptos en modo geométrico, no sería en absoluto necesario si no existiera previamente un poderoso laberinto de ideas inadecuadas producto del poder de la imaginación humana, que no yerra en tanto imagina, sino en tanto carece de ideas que excluyan aquello que imagina, o sea, en tanto padece su propia imaginación. Es claramente un duelo entre potencia y poder, potencia del entendimiento y poder de la imaginación.
El poder de la imaginación surge de la necesidad o compulsión de la mente humana por resolver la angustia o el anonada miento (afecciones corporales) frente a aquello que es el límite de su propio entendimiento. Ese límite, cerco o frontera, es el entendimiento infinito que delimita y determina los alcances del entendimiento humano. La idea de Dios que tengamos, sea esta cual fuere, es la expresión del límite que ha alcanzado nuestro propio entendimiento o pensamiento. Poco le importa a Dios que lo pensemos adecuadamente, Dios no necesita pensarse a Sí mismo, ni siquiera a través nuestro, Su entendimiento infinito se encuentra permanentemente en acto, “entendimiento, voluntad y potencia de Dios son todo uno y lo mismo” (Ética I, proposición XVII, escolio). Pensar a Dios es una necesidad o compulsión exclusivamente humana.
Es tan descomunal la potencia del laberinto geométrico spinociano como descomunal es el laberinto imaginativo del poder humano. La mente humana cuando alcanza el desarrollo de toda su complejidad llega indefectiblemente a la idea de Dios, ésta idea de Dios no es producto de creencias, ni de religiones, ni siquiera de culturas o procesos educativos (más allá de que todos ellos la influyen y determinan), es solamente la señal de que la mente humana ha alcanzado su máximo grado de complejidad, arribando al límite mismo de su entendimiento, ese límite o frontera no es otra cosa que la vivencia del entendimiento infinito que en su presencia absoluta delimita todo aquello que es, obra y comprende en la naturaleza toda.
La idea de Dios es producto de la imaginación mucho antes de ser producto de la razón, por eso todos los seres humanos imaginamos a Dios mucho antes de saber qué es y la mayoría de nosotros transitamos la existencia inmersos en creencias imaginativas sin acceder nunca a la sabiduría. Quien regule esas creencias en las multitudes tiene sobre ellas un enorme poder.
La idea de Dios no es otra cosa que la afección mental que surge de la afección corporal (angustia y anonada miento) ante la confrontación con los límites del entendimiento humano, esa frontera o límite separa y une el entendimiento humano con el entendimiento infinito o divino, la absoluta complejidad del universo individual y finito con la absoluta simpleza y eternidad del infinito absoluto.
La idea de Dios es la más importante de las tres ideas del tercer género del conocimiento y no es casual ni vano que Spinoza haya recurrido a esa monumental construcción en modo geométrico para poder enseñárnosla, que se inicia con el libro I, denominado “De Dios” y sus ocho primeras definiciones. Spinoza apunta al corazón mismo del poder de la imaginación humana, para erigir mientras lo demuele su potente construcción racional.
La idea de Dios nos hace libres del poder de la imaginación, nos libera de las ideas que ella produce y es incapaz de excluir. La idea de Dios nos hace libres porque nos aleja definitivamente de toda forma de poder, de todo sometimiento y sumisión, de toda tristeza y padecimiento.
Nunca pensamos a Dios sin prejuicios, sin ideas preconcebidas producto de nuestra imaginación, de nuestra propia afección corporal ante la angustia y el anonada miento que expresan los límites de nuestro propio entendimiento. La idea de Dios está presente en el pensamiento humano tanto en el primero como en el segundo y tercer género del conocimiento y va desde la pura imaginación o superstición hasta el amor intelectual, la sabiduría o beatitud. En nada afectan a Dios las ideas que tengamos de Él, estas ideas sólo expresan los alcances de nuestro propio entendimiento, nuestra mayor o menor capacidad de comprender, que en paralelismo absoluto es capacidad de obrar. En el primer género del conocimiento de Spinoza o género de las afecciones, padecemos a Dios, como padecemos absolutamente todo aquello que es y obra en la naturaleza toda. A partir del segundo género del conocimiento de Spinoza, género de las relaciones, comenzamos a conocer a Dios, a relacionarnos con Él en las nociones comunes, recién en el tercer género del conocimiento de Spinoza, el género de las esencias, amamos a Dios con amor intelectual, es decir, lo conocemos y comprendemos absolutamente. Como todo aquello que es y obra en la naturaleza es por su causa, el conocimiento de la esencia de Dios implica el conocimiento de todas las esencias que se expresan en la naturaleza toda, incluyendo nuestra propia esencia o naturaleza y no habrá causa alguna que nos resulte ignorada o inadecuadamente conocida. El conocimiento adecuado de las causas que son y obran en la naturaleza toda nos hace libres, ¿libres de qué?, de todo padecimiento, sometimiento y sumisión.
Por esta sencilla razón, la idea de Dios es central en todo sistema de poder humano, no hay multitud sin su efecto cohesivo y la política como sistema de armonización entre el individuo y la multitud en la Ciudad, la tiene muy en cuenta. Las religiones como productos de la imaginación humana tienen como único sentido el de someter la potencia de la multitud, es la idea de Dios el recurso fundamental de sometimiento y sumisión. Son construcciones de la imaginación humana que se ocupan minuciosamente de desactivar todo vínculo directo entre la potencia divina y la de sus criaturas, de tal suerte que debemos acudir a los “voceros del templo” para hablar con Dios. Es por eso que la tercera figura que completa el trípode del poder humano en la existencia es la del sacerdote, a esa anodina e impotente figura han reducido la potencia del Cristo.
Todo aquello que los seres humanos piensan, tiene como único sentido ampliar los límites de su propio entendimiento que avanza sobre el entendimiento infinito o absoluto de Dios. Dios es causa de nuestro entendimiento tanto como es causa de nuestra extensión o corporalidad y ambos atributos de Dios se expresan en nosotros de manera absolutamente diferente, aunque ambos expresen la misma cosa, el hecho admirable o el “milagro” de la existencia misma.
Nada escapa de la progresión causal al infinito (Ética I, proposición XXVIII) y esa misma progresión en su conjunto infinito nos interroga sobre su causa única y primera. Esa interrogación sólo cabe en la mente humana, el punto de vista, la mirada o especie en la que acontece la idea de Dios. Mirada o especie que abarca todo lo finito y alcanza su límite en lo infinito y eterno.
Pensar a Dios adecuadamente no alaga a Dios, nada le importa a Él cómo lo pensemos, la virtud de ese pensamiento adecuado es la sabiduría misma, que implica el conocimiento de las causas por las que las cosas y los seres son y obran en la naturaleza toda, eso es la beatitud de la impasibilidad, es decir, la dicha misma o felicidad.
“La felicidad no es un premio que se otorga a la virtud, sino que es la virtud misma…” (Ética V, última proposición).

lunes, 15 de marzo de 2010

DICHA O DESDICHA

COMPRENDER O PADECER


Ser afectado por un cuerpo externo no implica tener una idea de su naturaleza, es decir, comprender qué es aquello que nos afecta.
“La idea de una afección cualquiera del cuerpo humano no implica el conocimiento adecuado del cuerpo externo” (E II, prop. XXV), padecer no es comprender.
La idea afección/pasión o el padecimiento del primer género del conocimiento, aparece de hecho por la exposición que implica la propia existencia. “La fuerza con que el hombre persevera en existir es limitada e infinitamente superada por la potencia de las causas externas”, (E IV, prop. III). Esta proposición no es sólo válida para los seres humanos, sino para toda cosa o criatura existente en acto, es propia de la condición de existir.
Vivir es una pasión y el crecimiento y la perseverancia de esa pasión, es decir, la intensidad y duración de nuestra vida, no depende ni se define por la potencia con que nos esforzamos por perseverar en la existencia, o sea, por nuestra propia esencia, sino por la potencia de las infinitas causas externas comparadas con la nuestra (E IV, prop. V). Se trata de un cálculo diferencial entre potencias (Leibniz).
“Padecemos en tanto formamos parte de la Naturaleza que no puede concebirse por sí y sin las otras partes.” (E IV, prop. II). Dependemos absoluta o parcialmente de infinitos cuerpos externos y en tanto dependemos, padecemos.
En el primer género del conocimiento que nos es dado con la existencia misma, sólo podemos padecer, en el sentido de ser afectados por infinitas causas externas de las que no tenemos ninguna idea de su naturaleza.
Las ideas afección/pasión surgen del padecimiento mismo que implica la propia existencia y son de dos tipos; dichosas o desdichadas, según sea la afección corporal de la que provienen. Dicha, frente a todo aquello cuya naturaleza se compone y conviene con la nuestra y desdicha, frente a todo aquello que es contrario a nuestra naturaleza. La tercera opción que sería la indiferencia, queda descartada por la proposición XIII, lema II, de Ética II; “Todos los cuerpos concuerdan en ciertas cosas.”, “…en que implican el concepto de un solo y mismo atributo.” Es decir, todos los cuerpos tienen algo común en naturaleza, aunque más no sea, su pertenencia a un mismo atributo, por lo tanto, todos los cuerpos pueden afectarse entre sí, en tanto la afección surge de aquello que tenemos en común. En realidad no existe nada que pueda sernos absolutamente indiferente, que pueda no afectarnos o no ser afectado por nosotros, la indiferencia en relación a la afección es apenas una ilusión que proviene de nuestra ignorancia. Nada nos es absolutamente indiferente y para nada somos absolutamente indiferentes.
Las afecciones o pasiones dichosas aumentan nuestra potencia de existir, que es potencia de obrar (corporal) y potencia de comprender (mental), nos hacen más reales, durables y perfectos (E II, definiciones V y VI), en tanto expresan o exprimen grados de potencia de nuestra esencia que es esencialmente dicha y persevera en ellas. Las afecciones o pasiones desdichadas inhiben o reprimen nuestra potencia de existir, en tanto no expresan ni exprimen ningún grado de potencia de nuestra propia esencia dichosa, son su inexpresividad y por eso nos hacen menos reales, durables y perfectos. Si la esencia es el ser de la cosa, la dicha de la cosa es la expresión de su ser y la desdicha es su inexpresividad.

LA NOCIÓN COMÚN EN NATURALEZA

El desconocimiento de la naturaleza de las causas externas y con él, el desconocimiento de nuestra propia naturaleza, es aquello que nos hace pasivos, es decir, pasibles de padecimiento. Viceversa, el conocimiento de la naturaleza de las causas externas y con él, el conocimiento de nuestra propia naturaleza, es aquello que nos hace activos, es decir, nos permite alcanzar nuestra potencia de obrar y comprender.
¿En qué consiste nuestra propia naturaleza?, no es otra cosa que nuestra propia esencia, el ser mismo de aquella cosa que somos, sea ésta cual fuere. Nada podemos ser o dejar de ser, más allá de los límites de nuestra propia naturaleza o esencia. Conocer nuestra propia naturaleza es conocer los límites de nuestra existencia, es decir, nuestra potencia de existir o esencia.
¿En qué consiste el conocimiento de la naturaleza de las causas externas?, no es otra cosa que el conocimiento de las esencias de todo aquello que es y obra en la naturaleza, el ser mismo de todas aquellas cosas o criaturas que son y obran en la naturaleza, sean éstas cuales fueren. Conocer la naturaleza de las infinitas causas externas es conocer la esencia de la naturaleza toda, es decir, su potencia de existir.
De la confrontación de estos dos conocimientos depende el crecimiento y la perseverancia, o sea, la intensidad y la duración de nuestra propia existencia, de esa pasión a la que llamamos vida.
¿Cómo se alcanza la noción de la naturaleza de los cuerpos externos y con ella la idea de nuestra propia naturaleza?, no hay otra manera de lograrlo que no sea a través de las nociones comunes en naturaleza.
¿Qué es una noción común en naturaleza?, es una idea o facultad de nuestra mente, en tanto es una cosa pensante, que implica la naturaleza de nuestro cuerpo y a la vez la naturaleza presente de un cuerpo externo (E III, prop. XXVII, demostración).
Una noción común es una idea de comunión en naturaleza, o sea, de comunión en esencias, ya que la naturaleza y la esencia son una y la misma cosa. Siendo la esencia, esencialmente dicha, independientemente de la cosa existente en la que se exprese, la noción común en naturaleza es comunión en la dicha, ya que esencia y dicha es una y la misma cosa. La noción común en naturaleza no es otra cosa que el resultado de un acto amoroso, es decir, de la idea de una alegría, un bien o una dicha, de causa externa, o sea, es el resultado del amor (E III, definición de los afectos VI).
Las nociones comunes en naturaleza nos introducen en el segundo género del conocimiento o universo de las relaciones humanas, por su virtud comenzamos a ser seres humanos y esa virtud que nos hace humanos no es otra cosa que el amor.
Queda claro entonces que la “humanidad” o “inhumanidad” que se atribuya a una criatura humana, no es otra cosa que la exacta medida de la dicha que esa criatura ha recibido de las infinitas causas externas. Desafío a quien se anime a postular la desdicha como génesis de alguna “humanidad” que no resulte en aquello que llamamos la “inhumanidad” misma.


LA IDEA DE “SEMEJANTE”

¿Cómo se expresa en la existencia el advenimiento de las nociones comunes? La primera noción común en naturaleza que alcanza a configurar nuestra primera idea adecuada proviene del acto amoroso de la crianza y se expresa como la idea de “semejante”. Como “no se requiere una causa menor para conservar una cosa que para producirla por primera vez” (Principios de filosofía de Descartes, Axioma 10), el acto amoroso de la crianza es idéntico al de la creación, por eso “criar” y “crear” significan esencialmente la misma cosa.
Esa noción común en naturaleza o idea de “semejante” es la primera idea de una alegría, un bien o una dicha de causa externa, es decir, es la primera idea del amor. Es la dicha de la creación la que nos introduce en la existencia y es la dicha de la crianza aquello que nos permite perseverar en ella.
Así como nada comienza a existir si no se da la dichosa comunión de una esencia con un conjunto infinito de partes externas y existentes que la componen en idénticas relaciones características de potencia, configurando el hecho dichoso de nacer; tampoco nada persevera en la existencia, ni dura, sin la alegría, el bien o la dicha de una causa externa y existente, es decir, sin el amor de un “semejante”. Esto es así para todo aquello que llega a existir, tanto sea una cosa como una criatura.
Mucho han dicho y escrito los hombres sobre el amor humano y se han apropiado del amor, por esa tendencia a la propiedad tan común en los seres humanos. La idea del amor se ha vuelto antropomórfica, el hombre ha decretado que es el único que ama en la bastedad de la naturaleza, configurando aquello que podríamos llamar “melodrama humano” y que siguiendo a Descartes reduce todo el resto de la naturaleza a una pura “brutalidad”. Pero, en tanto el amor no es otra cosa que una alegría de causa externa, no está menos presente en la lluvia que riega el brote naciente, en el rayo que hace nacer el ozono del oxígeno o en la lengua que lame la cría húmeda y palpitante. Si desarraigamos el amor del “melodrama humano”, éste enraíza en toda su bastedad y abundancia, que excede infinitamente a la naturaleza humana.
La idea de nuestra propia naturaleza no es otra cosa que el entendimiento de sí, la idea de la dicha de la propia composición o idea del “yo”, con la que se configura el propio pensamiento. Así como la mente es una idea del cuerpo, el pensamiento no es otra cosa que la idea de nuestra propia naturaleza y de la naturaleza toda, y no proviene de ningún otro sitio que no sea la alegría, el bien o el amor que hemos recibido de un “semejante”. No hay idea alguna de la propia naturaleza, ni entendimiento de sí como individuos, ni idea del “yo” o pensamiento, sin la alegría, el bien o el amor de causa externa. Llevando las cosas al extremo de su ser o no ser, debemos decir que no podremos pensar si no hemos sido amados suficientemente.
Toda noción común en naturaleza o idea de “semejante” nace de la alegría, del bien o del amor que hemos recibido. Es esa dicha o amor recibido aquello que da origen a la idea de la propia naturaleza, idea de sí o dicha de la propia composición, que es la primera emanación del propio pensamiento, y al mismo tiempo y en un mismo acto, da origen a la idea de “semejante”. Es a través de esta idea que el otro ingresa en nosotros mismos, oficiando de espejo y reflejo de nuestra propia naturaleza dichosa y expresiva y nos introduce en el universo de las relaciones a través de la dicha o del amor.
Todos los defectos de la idea de la propia naturaleza, del entendimiento de sí, de la idea del propio “yo” o de la propia composición, es decir, todas las inadecuaciones del pensamiento, son el efecto de la carencia de nociones comunes en naturaleza o ideas adecuadas de relación, o sea, defectos en la idea de “semejante”, que oficia como idea rectora de todo el universo de las relaciones o segundo género del conocimiento. Dicho de otro modo, el “semejante” que somos es idéntico al “semejante” que padecemos, que no surge de ningún otro sitio que no sea de la dicha o el amor que hemos “recibido” de una causa externa y que será toda la dicha o el amor que podamos “concebir”.
“La naturaleza o esencia de los afectos (y la dicha o el amor es un afecto) no se explican por nuestra sola esencia o naturaleza, sino por la potencia de las causas externas comparadas con la nuestra.” (E IV, prop. XXXIII, demostración). Nuevamente aquí se trata de un cálculo diferencial que explica por sí mismo la infinita variedad de circunstancias a las que llamamos “amor” y la infinita variedad de “semejantes” que concebimos (recibimos) y actuamos.
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, no es un mandato ni un mandamiento, es la más clara descripción del proceso expresivo y especular de la noción común en naturaleza. Toda la dicha que recibamos, en esencia y en existencia, será toda la dicha que concibamos y que podamos expresar.
La idea de “semejante” es el núcleo rector de todas las relaciones humanas, en tanto somos afectados y padecemos por aquello que tenemos en común con otros cuerpos (E IV, prop. XXIX y demostración) y la noción común en naturaleza o idea de “semejante” es la idea de aquello que tenemos en común con otros cuerpos. Es por su virtud, que aquello que nos afecta y nos hace padecer, nos permita actuar adecuadamente por el conocimiento de la naturaleza de su causa, ya que, toda pasión o padecimiento, deja de ser tal cuando conocemos la naturaleza de su causa externa (E V, prop. III).
La noción común nos introduce en el universo de las relaciones y su idea rectora es la idea de “semejante”. Esta idea que se adquiere en la crianza es el núcleo que aglutina todos los afectos que regirán nuestras relaciones.
Esta idea es medular en el sistema de formación de los afectos y es primera, original y principio de toda afectividad, su ausencia es la absoluta desafección o apatía. Spinoza se refiere a ella en el libro tres de la Ética, “De la naturaleza y el origen de los afectos”, precisamente porque ella nos introduce en el universo de las pasiones humanas. Spinoza regresa una y otra vez al concepto de “semejante” a lo largo de Ética III, porque sin esa idea o concepto no hay aparición de afectividad alguna. La menciona directamente en las proposiciones XVI, XVII, XIX, XXI, XXII, XXIII, XXVII, XXXIII, XLV y XLVII, pero esta idea está implicada en todos y cada uno de los afectos que describe.
Este libro III y el siguiente, son un tratado sobre las pasiones humanas, una minuciosa descripción de nuestra naturaleza, de todo aquello que mueve y conmueve a los hombres desde lo profundo y sobre lo que no tienen idea alguna de su naturaleza, es decir, todo aquello que los hace pasibles. ¿Pasibles de qué?, pasibles de humanidad.
Ingresamos al mundo de las pasiones humanas por virtud de la idea de “semejante”, primera noción común en naturaleza o idea de relación que nos introduce en el segundo género del conocimiento, por su virtud nos hacemos seres humanos. Es interesante comprender que la noción común en naturaleza o idea de “semejante”, es aquella virtud por la cual todas las criaturas, no sólo las humanas, alcanzan el ser de su existencia.
La idea de “semejante” es el rasgo de lo humano. Tan es así, que su ausencia en una persona nos alarma con justa razón y su presencia en los animales, nos hace humanizarlos porque los sentimos “semejantes” a nosotros mismos.
La idea de “semejante” surge ante los cuerpos externos que nos afectan de dicha o amor, pero padecer la dicha o el amor no implica comprender la naturaleza de esos cuerpos externos. La idea de “semejante” será inadecuada o adecuada, según surja de la imaginación o de la razón. Esta idea nunca es inadecuada en sí misma, en tanto surge de la dicha, que aumenta nuestra potencia de obrar y comprender (potencia de existir o esencia), es inadecuada en tanto carezcamos de una idea que la excluya, que es el problema esencial de la imaginación. Cuando el amor y la dicha que el “semejante” nos inspira son atribuidos a su presencia, no podremos tener una idea que lo excluya porque eso implicaría renunciar al amor y la dicha y eso contradice nuestra propia naturaleza o esencia, en este estado de cosas, sólo podemos padecer y si dejamos de padecer, dejamos también de ser (E V, escolio de la última proposición), ésta es la condición de la primera infancia y de la niñez. Cuando la dicha que el “semejante” nos inspira es reconocida como una capacidad de nuestra propia naturaleza o esencia, podremos tener una idea que lo excluya, ya que en nada meya nuestra propia naturaleza o esencia dichosa. Depender es padecer, si la dicha y el amor que concebimos dependen absolutamente de una causa externa, dependemos absolutamente de ella, es decir, la padecemos absolutamente, ésta es la condición de la infancia y la niñez, en la que somos seres absolutamente pasibles de alguna otra humanidad. Cuando reconocemos que la dicha y el amor que concebimos son una capacidad de nuestra propia naturaleza o esencia dichosas, podemos ser causa de ellos y prescindir de la causa externa, es decir, dejamos de depender y padecer, éste proceso se expresa en la adolescencia humana y es la causa de la conflictividad afectiva propia de esa edad.
Como la idea de “semejante” es, ontológicamente, muy anterior a la capacidad de razón, es inevitable que la padezcamos mucho antes de poder comprenderla, por eso es inevitable que transitemos el universo de las pasiones humanas regidas por la imaginación en torno a la idea de “semejante”. Y por eso mismo es inevitable que el “semejante” que seamos, provenga del “semejante” que padecimos. Esta condición inapelable de la crianza, que condiciona y estigmatiza nuestro propio cuerpo o ser material, es la única creación a la que le podemos atribuir todas nuestras monstruosidades. Creación y crianza son dos expresiones de la misma cosa, sabemos que la creación como el pasaje de la esencia a la existencia es imposible por fuera de un hecho de comunión dichosa, por lo tanto, todas las desdichas deben atribuirse a la crianza. No hay desdicha en la creación porque nada se compone en la desdicha, nada llega a ser por su efecto, la desdicha en el proceso de pasaje de la esencia a la existencia, aborta la existencia.
Las primeras nociones comunes en naturaleza o ideas de “semejante”, surgen de nuestra crianza, son las primeras ideas de nuestra propia naturaleza que surgen por virtud de la naturaleza de un cuerpo externo que nos hace dichosos, es decir, de la primera experiencia amorosa con un “semejante”.
Si no hemos recibido ningún bien, ninguna dicha o ningún amor de causa externa, moriremos en nuestra más temprana primera infancia, como lo describe precisamente René Spitz en su libro “El primer año de vida del niño”. La ausencia de un “semejante” en nuestra temprana primera infancia es la causa por la cual no llega a configurarse ninguna idea de nuestra propia naturaleza, que sin llegar nunca a expresarse se desvanece en aquello que Spitz llama “marasmo”. Aquello que se desvanece por causa de su inexpresividad es nuestra propia esencia dichosa, que abandona su función en la existencia cuando nuestro cuerpo muere. Ninguna criatura sobrevive si no recibe algún cuidado externo, es decir, si no recibe una alegría, dicha o bien de causa externa, o sea, si no recibe algún amor. Toda la alegría, dicha o bien que “reciba” de una causa externa, será toda la alegría, bien o dicha que “conciba” en sí mismo. “Recibir” y “concebir” son conceptos recíprocos y solidarios.
Si hemos recibido poco bien y poco amor de nuestros “semejantes”, con esa escasez se configura la idea de la propia naturaleza, el entendimiento de sí o idea del propio “yo”, y de esa escasez emanará el propio pensamiento. Aquello que “recibimos” es aquello que “concebimos” y por poco que ello sea, será todo lo que tengamos.
Cuanto más compleja sea la naturaleza de un cuerpo existente en acto, más compleja será la idea de su propia naturaleza y mayor será la complejidad de su crianza, es decir, mayor será su necesidad de alegría, bien o dicha, proveniente de una causa externa, o sea, mayor será su necesidad/capacidad de amor. De la necesidad surge la capacidad y de la carencia, la incapacidad.
Nuestra esencia es dicha innata y nuestra existencia es dicha y desdicha, que provienen de la confrontación con las infinitas causas externas que nos afectan, del cálculo diferencial de esa confrontación entre nuestra dicha innata o esencia dichosa y las infinitas causas externas que potencian o reprimen nuestra dicha con alegrías o tristezas, depende la intensidad y la duración de nuestra propia existencia. Cuando las causas externas desdichadas que reprimen nuestra esencia dichosa superan su capacidad de afección, es decir, superan su capacidad de reacción en la existencia misma, la esencia abandona la existencia y nuestro cuerpo muere. Llevando las cosas al extremo, podemos decir que somos por la dicha de nuestro ser y dejamos de ser por su desdicha.
Spinoza señala que sólo existen realmente tres afectos primarios, la alegría o dicha, la tristeza o miseria y el deseo (E III, prop. LIX, escolio) o “necesidad”, pero esos tres afectos pueden ser reducidos a uno solo. La tristeza nada es en sí misma más que carencia de dicha o alegría, y el deseo es siempre “necesidad” de dicha o alegría. Por lo tanto hay un solo afecto, el de la alegría o dicha y todos los demás surgen de él.
Siempre la dicha es lo primero y la poca o mucha que recibamos, en nuestra esencia y en nuestra existencia, será toda la que tengamos. El quantum de dicha que recibimos con nuestra propia esencia será toda nuestra potencia de existir o naturaleza y se expresará en la existencia según un cálculo diferencial que surge de su confrontación con las infinitas esencias existentes en acto que nos afectan. La confrontación es siempre de esencia a esencia, es decir, de naturaleza a naturaleza y su expresión es el devenir de la existencia, o sea, la propia vida.
Spinoza define “afecto” (afecttus) como el aumento o la disminución, el favorecimiento o la represión, de la potencia de obrar del cuerpo mismo y de la mente en tanto idea de las afecciones de ese cuerpo (E III, definición III). Tanto en la disminución o represión, como en el aumento o favorecimiento, el afecto implica un algo previo que puede ser aumentado o disminuido, favorecido o reprimido. Ese algo previo es la esencia misma, que es esencialmente dicha y que sólo pasa a la existencia por la dicha misma de su composición en lo extenso y previamente existente. Esa dicha de su composición en lo extenso no es otra cosa que su entendimiento de sí, idea del propio “yo” o pensamiento.
Todo surge de un sustrato esencial e innato que es la dicha misma, que será vivida como alegría o amor, si es favorecida o aumentada, o será vivida como aquello que llamamos “tristeza o miseria” si es reprimida o disminuida. No hay dudas de que la tristeza existe, es decir, que es percibida en la existencia como la disminución o represión de la potencia de obrar y comprender, potencia de existir o esencia; pero en relación a la esencia misma, la tristeza y la miseria nada son en sí mismas, más que la represión o inexpresividad de la dicha esencial e innata.


EL CÁLCULO DIFERENCIAL

El gran aporte de Leibniz a Spinoza es el cálculo diferencial, del que surge el concepto de “derivada temporal” o “tasa de cambio en el tiempo”. La “derivada” es el concepto más importante del cálculo infinitesimal o diferencial. La derivada representa una “razón de cambio” o un “flujo”. Paradójicamente, se considera al cálculo diferencial o infinitesimal como un invento de la mente humana y aún se discute si corresponde a la mente de Newton o a la de Leibniz, en realidad se trata de un descubrimiento, ya que la mente humana no puede producir verdad alguna que no existe en la naturaleza.
La perseverancia de Spinoza en hacernos comprender la necesidad, en tanto utilidad, de acceder al tercer género del conocimiento o conocimiento de las esencias, radica en que ellas implican la naturaleza misma de los seres y las cosas, que confrontando y afectándose mutuamente configuran el devenir de la existencia misma. Como su pregunta primera y última, ha sido y es, ¿cómo ser feliz en la existencia?, la respuesta es imposible sin el conocimiento de las esencias, que son el sustrato mismo de la dicha existencial. Llegamos aquí a la ecuación fundamental de la que depende toda “ad-ecuación” o “in-ad-ecuación”, si la esencia es dicha, la existencia dichosa debe ser igual a la esencia, la ecuación fundamental es entonces: existencia = esencia. De ahí surge la exigencia de Spinoza, todo aquello que expresa o exprime la esencia debe ser favorecido y todo aquello que la reprime o inhibe debe ser evitado.
Si alcanzamos el conocimiento de las esencias o el tercer género del conocimiento, conocemos tal cual Dios conoce, con infinito amor intelectual. El amor intelectual no es otra cosa que el conocimiento de la propia naturaleza o esencia, de la esencia de todas las cosas y criaturas que son y obran en la naturaleza y de la esencia infinita de Dios, estas son las tres ideas fundamentales del tercer género del conocimiento que nos conducen a la sabiduría o beatitud.
Comprender por la esencia es comprender por la naturaleza de las cosas, de tal modo que ninguna causa externa nos resulte incomprensible. Esa pasión que es la vida misma, su crecimiento y perseverancia, es decir, su intensidad y duración, no serán el resultado del avatar de los encuentros dichosos o desdichados, sino el producto claro y distinto de un cálculo diferencial entre nuestra propia naturaleza o esencia y la naturaleza de los cuerpos externos que nos afectan, es decir, el resultado de la concatenación de nociones comunes en naturaleza.
La noción común en naturaleza es la manera en que nuestra mente concibe, es decir, recibe, el resultado de ese cálculo diferencial que nuestro cuerpo realiza automáticamente en aquello que podemos llamar el “autómata corporal”. En principio nuestra mente sólo capta el resultado de ese cálculo corporal automático, es decir, las afecciones corporales de dicha o desdicha, de alegría o tristeza, que configuran las “derivadas temporales” o “las tasas de cambio en el tiempo”.
La derivada temporal o tasa de cambio en el tiempo es el resultado de ese cálculo diferencial entre la propia potencia de existir y la de aquello que nos afecta externamente, que nuestro cuerpo realiza automáticamente (autómata corporal) y se expresa como dicha o desdicha, alegría o tristeza.
La alegría o dicha y la tristeza o miseria, son las “derivadas” o “tasas de cambio en el tiempo” que expresan el “flujo” de la existencia misma.
En este punto, Leibniz aporta a Spinoza el cálculo diferencial que expresa la tasa de cambio en el tiempo de nuestra propia potencia de existir, la derivada temporal de nuestra propia esencia, que no es otra cosa que el resultado del devenir existencial de los afectos (“afecttus”), la concatenación de los pasajes a una mayor o menor perfección. Ese resultado es el quantum de dicha esencial con el que perseveramos en la existencia, que al aproximarse a cero indica el final de la existencia misma.
Es la dicha aquello que aumenta nuestra potencia de existir, realidad, perfección o duración, y es la desdicha aquello que las disminuye. La dicha es padecida en el primer género del conocimiento, para ser padecida y comprendida a partir del segundo género del conocimiento y para ser finalmente comprendida en toda su magnitud, como amor intelectual, en el tercer género del conocimiento. Esa comprensión sólo acontece por virtud de las nociones comunes en naturaleza que son la expresión mental de aquello que el cuerpo expresa automáticamente como autómata corporal.
Pasar del autómata corporal al autómata espiritual es un asunto de nociones comunes en naturaleza, ideas de “semejante”, dichas y amor.



miércoles, 21 de octubre de 2009

LA IDEA DE LA MUERTE Y EL PROCESO DE MORIR




Finalizada la existencia del modo, interrumpidas las relaciones características de las partes externas que componen nuestro propio cuerpo, la esencia interrumpe su “función en la existencia”, deja de ser conato, tendencia o apetito y regresa a la esencia infinita que es su causa inmanente, de la que nunca se desvinculó.

Inmanente es aquello que es en otra cosa y nunca deja de ser en aquello que es.
La esencia de modo es inmanente de la esencia infinita de la que proviene y nunca deja de ser esencia infinita en el modo finito que es, aún cuando éste deje de existir.

Descompuesto el cuerpo que soportaba la existencia, todas las ideas que componían la mente y dependían de ese cuerpo, se desvanecen con él.

La idea es la cosa misma expresada en el atributo pensamiento o entendimiento. La idea del propio cuerpo, es el cuerpo mismo en la mente, un cuerpo mental, aquel que nos pertenece en nuestros propios sueños. La idea de las relaciones del propio cuerpo, es esas mismas relaciones en la mente, o sea, los propios afectos. La idea de la esencia, es esa misma esencia en la mente, es decir, beatitud, sabiduría o compasión.

Las ideas afección/pasión o ideas del primer género del conocimiento, son formadas por la mente, por ser una cosa pensante, en relación al propio cuerpo que es afectado o padece. Son ideas del propio cuerpo, representaciones, signos o huellas del propio cuerpo en la mente.

No son ideas adecuadas porque, “en tanto consideradas en sí mismas, sin relación al objeto (del que son ideas) no tienen todas las propiedades o denominaciones intrínsecas de las ideas verdaderas” (Ética II, definición IV). Es decir, no son por causa de sí mismas, no tienen realidad intrínseca, sin cuerpo afectado no hay ideas afección. Sin aquello que representan, sin aquello que señalan, sin aquello de lo que son huella, o sea, sin el propio cuerpo, nada son.

Finalizado el cuerpo, finaliza toda idea afección/pasión y con ellas toda afección o padecimiento, sin cuerpo que padezca no hay mente alguna que registre signos de ese padecimiento o huellas de esa afección. Las ideas afección/pasión son tan finitas como el cuerpo del que son ideas.

Como la mente y el cuerpo, son expresiones de una misma cosa en atributos diferentes (pensamiento y extensión), así como la supresión del cuerpo suprime todo padecimiento, la supresión transitoria de la mente, que todos conocemos como estado de inconsciencia, supone la desaparición de todas las afecciones, representaciones, signos o huellas del propio cuerpo mientras dure ese estado.

Las ideas del segundo género del conocimiento, ideas relación o nociones comunes, son de dos tipos: las más particulares o menos generales y las más generales o universales.

Las nociones comunes más particulares se refieren a las relaciones de mi propio cuerpo (y mente) con otros cuerpos (y mentes). Estas nociones comunes desaparecen absolutamente cuando muere mi cuerpo y con ellas desparece toda mi persona y personalidad, el “yo” que se relaciona se desvanece y con él todas sus relaciones.

Mueren aquí todos los afectos, en tanto “afecciones del cuerpo por las cuales la potencia de obrar del cuerpo mismo es aumentada o disminuida, favorecida o reprimida…” (Ética III, definición III) y muere aquí toda la imaginación y la memoria (Ética V, proposición XXI).

Las nociones comunes más generales o universales, son aquellas que se refieren a las relaciones de otros cuerpos (y otras mentes) entre sí, independientemente del mío. Estas ideas adecuadas perseveran en la existencia más allá de mí mismo y configuran aquello que todos conocemos como “universalidad del entendimiento” o “conocimiento universal”. Así como esas ideas no necesitaron de mí para existir, no necesitan de mí para perseverar en la existencia. Pertenecen al universo todo o modo infinito mediato y perseveran mientras éste exista.

¿Qué queda entonces de mí mismo?

Desaparecidas las ideas afección/pasión y las nociones comunes más particulares, toda la persona y personalidad que ellas configuraban se desvanece, y regresadas las nociones comunes universales al sitio al que siempre pertenecieron, algo se devela de mí mismo que permanecía oculto por toda esa construcción.

Aquello que se devela es mi “propia” esencia, esencialmente dicha, innata y por eso mismo ignorada.

Sucede aquí lo inverso de aquello que sucedía con las ideas afección/pasión. Éstas desaparecen cuando desaparece su causa externa, el cuerpo del que son ideas, inversamente, la esencia aparece por ser causa de sí misma, una vez desaparecidas todas las causas externas.

Desvanecidas todas las ideas, aparece aquí la causa misma de todo lo que es y obra, sin necesidad de ninguna causa externa, la causa de mi esencia que es la esencia misma.

Mi existencia es por causas externas, ellas mismas existentes, pero mi esencia es inmanente de la esencia infinita que es por causa suya, o sea, mi esencia es esencia infinita.

Las ideas afección/pasión (primer género del conocimiento) y las nociones comunes más particulares (segundo género del conocimiento), se desvanecen cuando desaparece su causa, el cuerpo mismo. A la inversa, la esencia aparece por ser causa de sí misma, aunque no tengamos de ella ninguna idea.

Nada perece de la esencia en el proceso de morir, él sólo es perecimiento de la existencia y por virtud de ese perecimiento, la esencia aparece despojada de toda su “función existencial”, despojada de todo conato, tendencia o apetito, expresándose a sí misma directamente.

El proceso de morir, desde el punto de vista mental, es un proceso de desvanecimiento de las ideas o de deconstrucción.

Todas y cada una de aquellas ideas que dependen, expresan, señalan o son huellas del propio cuerpo y de sus relaciones, se desvanecen con su muerte. Desaparecida la concordancia de esas ideas con lo ideado, desaparece su realidad extrínseca, que es su única realidad y nada queda de ellas mismas (Ética II, definición IV, explicación).

El desvanecimiento o desmoronamiento de esas ideas, devela y expresa la causa misma de todas las ideas, la esencia dichosa o entendimiento infinito, del que emana la infinita satisfacción inmutable (Tratado Breve, capítulo II, punto 3). Surge aquello que sólo tiene realidad intrínseca por ser causa de sí.

La esencia misma es impensable si no se ha ensayado y experimentado en la existencia con ideas del tercer género del conocimiento, paradójicamente, la existencia misma es sostenida en su transcurso o duración por la expresión de su esencia dichosa.

Somos sostenidos en la existencia por la expresión de la esencia dichosa o “función existencial de la esencia”, es decir, por el “conatus”, tendencia, apetito o deseo de dicha, que no es otra cosa que la propia tendencia a perseverar en la existencia o potencia de existir, o sea, la virtud misma (Ética IV, proposición XXII), de la que podemos ser conscientes adecuada o inadecuadamente.

Si toda la dicha conocida en la propia existencia dependió de las afecciones dichosas del propio cuerpo, es decir, si sólo tenemos ideas dichosas de la propia afección corporal (dicha del bienestar, placer, fortuna de los buenos encuentros), éstas desaparecen absolutamente con el cuerpo del que son ideas y nada queda de nosotros mismos.

Si hemos alcanzado en vida alguna idea de la “propia” esencia dichosa y a partir de ella, que es esencialmente común, concebimos la esencia de las cosas y los seres de la Naturaleza toda y de la Naturaleza Naturalizante como su causa, esas ideas que configuran la mente en función de la esencia misma y que en nada dependen del propio cuerpo, perseveran con y en ella y son eternas.

Ésta es la única medida de nuestra propia eternidad.

¿Qué es lo impensable en la idea de la muerte?

Todas las nociones comunes más particulares, las que me tenían a mí como protagonista, finalizan, en tanto yo mismo finalizo en el mundo de las relaciones. Mi persona, mi personalidad, mis modos de ser y obrar en el mundo y mis modos de pensar, finalizan en la existencia, la máscara se desvanece hasta desaparecer.

Esta es la parte impensable de la propia muerte, porque requiere para ser pensada de ideas que superen a las nociones comunes, requiere para poder ser pensada de ideas de la esencia o del tercer género del conocimiento.

La única manera de conocer lo desconocido, de reconocer algo en aquello ignorado, es a partir de ideas anteriores y conocidas (Principios de Filosofía de Descartes, parte 1, Axioma 1).

Para quienes piensan y existen en el primer y segundo género del conocimiento, es decir, la mayoría de las personas, la idea de la muerte es impensable, porque carecen de ideas con las cuales poder pensarla.

Las ideas afección/pasión o del primer género, no pueden pensar el fin de toda afección o padecimiento, esto sería pensar su propia aniquilación, destruir el instrumento mismo con el cual se piensa. Por eso “el ignorante…, tan pronto deja de padecer, a la vez deja también de ser.” (Ética V, última proposición, escolio).

Las ideas relación o razonamientos, del segundo género del conocimiento, tampoco pueden pensar el fin de todas las relaciones, esto implicaría dejar la mente vacía, no quedaría en ella idea alguna con la que se pueda pensar o tener alguna consciencia.

En estos géneros del conocimiento o de la existencia, la muerte es impensable porque implicaría la desaparición de todas las ideas de que dispone el pensamiento, sería la desaparición del entendimiento mismo. En este estado de cosas, la idea de la muerte es la tristeza o desdicha en grado sumo.

Es por eso que aquellas personas aferradas al puro razonamiento (segundo género), afirman que la muerte es la nada misma, y es también por eso que la mayoría de las personas están absolutamente imposibilitadas y se niegan a pensar en ella.

Para quienes alcanzaron alguna idea del tercer género del conocimiento, sabiduría, beatitud o compasión, esa idea estará allí en la mente, disponible para poder pensar este proceso, impensable desde los otros géneros del conocimiento. Como las ideas del tercer género son ideas de la esencia, ellas son esencialmente dicha que inmuniza al espíritu de toda tristeza, con ellas puede pensarse la muerte sin sentimiento alguno de desdicha.

Si no hay en la mente alguna idea de la esencia, el pensamiento de la muerte es insoportable, porque soporta e importa la nada misma, es confusión y pura angustia.

En auxilio de esta angustia como afección corporal, acude todo el poder de la imaginación y su imaginería. Esa es la función fundamental de la imaginación como pasión, calmar la angustia de la ignorancia, satisfacer con ideas imaginarias a la mente que padece por la ausencia de ideas verdaderas.

Surgen así todas las ideas de la inmortalidad, del propio cuerpo, de la propia alma (mente) y en su auxilio aparecen todas esas criaturas peculiares a las que la imaginación atribuye un ser esencial sin contrapartida o adecuación en la existencia. Ángeles, arcángeles, demonios y un Dios mismo, eminente, antropomórfico, omnipotente, que todo lo designa con su infalible voluntad (Teísmos y Deísmos).

Estos sistemas de ideas imaginarias configuran todas las religiones que imperan en el mundo y contaminan gran parte de las Filosofías. La mayoría de las personas encuentran en ellas la calma para su angustia existencial.

Son construcciones de ideas inadecuadas, en tanto pura imaginación que aquieta la angustia, pero condensan en sí mismas la intuición esperanzada y temerosa de una verdad, esa intuición de la verdad es la que calma la angustia y le da cuerpo a ese fenómeno humano que denominamos “fe”. Como todo lo fallido o falso, tienen como causa la verdad misma (Ética II, proposición XLIII, Escolio), si así no fuera, no tendrían ningún efecto.

Pero hay una enorme diferencia entre tener una temerosa esperanza de alcanzar la verdad o poseerla activamente y reposar en ella.

La esperanza es una alegría inconstante, porque tiene ese poco de tristeza que implica la duda de un acontecer dichoso. El miedo es una tristeza inconstante, nacida también de la imagen de una cosa dudosa (Ética III, proposición XVIII, Escolio).

Estos afectos no son buenos por sí mismos (Ética IV, proposición XLVII), ni son buenos por sí mismos los actos a los que nos conducen.

El desvanecimiento de la máscara, desenmascara la esencia que aparece, con o sin consciencia de sí misma.

miércoles, 14 de octubre de 2009

CONATUS, ESENCIA Y CONSCIENCIA.


CONATUS, ESENCIA Y CONSCIENCIA.
La función existencial de la esencia.

“El conatus en Spinoza no es más que el esfuerzo de perseverar en la existencia, una vez dada ésta, es la esencia del modo (grado de potencia), pero una vez que el modo ha comenzado a existir” (Gille Deleuze, “Spinoza y el problema de la expresión”, capítulo XIV, “Qué es lo que puede un cuerpo”, página 221.)
Antes de su expresión en la existencia, las esencias no tienen conatus alguno, no hay en ellas tendencia (diferencia con Leibniz), ni apetito, ni deseo, “Las esencias no carecen de nada, son todo lo que son, incluso cuando los modos correspondientes no existen.” (ibídem).
Las esencias son esencialmente dicha, no poseen ni conocen desdicha alguna, nada necesitan y a nada tienden.
Una cosa es la esencia en sí misma y otra cosa es la esencia de modo una vez que el modo existe, o sea, “la función existencial de la esencia, su afirmación en la existencia del modo.” (Ibídem).
La esencia en sí misma, es indiferenciable e indistinta de la esencia infinita de la que proviene, con ella se compone absolutamente en el atributo de la Sustancia Infinita o Naturaleza Naturalizante.
La esencia de modo, una vez que el modo existe, es diferenciable y distinta, por un gradiente de potencialidades que van de un máximo a un mínimo y que la determinan, relaciones características de potencia que le son “propias” (individuación de la esencia), con las que coinciden las infinitas partes externas, ellas mismas existentes, que la expresan en la existencia del modo, es decir, que la expresan en un cuerpo existente en acto.
La consciencia no es otra cosa que la idea de ese cuerpo, es decir, su expresión en el atributo pensamiento o entendimiento de sí, como “scientia” o conocimiento: de las afecciones del propio cuerpo o pasiones (primer género del conocimiento), de las relaciones del propio cuerpo o razonamientos (segundo género) o de la “propia” esencia dichosa, sabiduría, beatitud o compasión (tercer género).
No hay menos consciencia en las criaturas que padecen, que en aquellas que conocen y comprenden. La diferencia entre ambas consciencias está en las ideas que las componen; inadecuadas por el desconocimiento de sus causas, en las consciencias que padecen o adecuadas por el conocimiento de sus causas, en las consciencias que conocen y comprenden.
Cuando la esencia pasa a la existencia, es decir, cuando partes externas ellas mismas existentes, la componen en idénticas relaciones características, “entonces y solamente entonces, la esencia misma es determinada como conatus.”(Ibídem), como tendencia o apetito, que al hacerse consciente, llamamos deseo.
El deseo no es otra cosa que la “función existencial de la esencia”, conato, tendencia o apetito, con algún grado de consciencia de sí, consciencia pasional o padecimiento, consciencia racional o razonamiento o consciencia esencial o beatitud.
¿Qué tendencia o apetito expresa la esencia cuando pasa a la existencia?
Siendo la esencia, esencialmente dicha, eso es lo único que ella conoce y puede reconocer y que al pasar a la existencia se expresa como tendencia a la dicha, apetito de dicha o deseo.
El conatus es la expresión de la esencia al “salir” del estado de dicha original para comenzar a “existir”, es decir, a ser afectada.
Cuando la afección es dichosa, la esencia la reconoce y tiende a permanecer en ella, expresando su tendencia a perseverar en la existencia dichosa o potencia de existir, duración, realidad o perfección (Ética II, definiciones V y VI).
Cuando la afección es desdichada, la esencia no la reconoce y tiende a abandonar esa existencia desdichada. Las afecciones sólo son desdichadas en tanto impiden la expresión de la esencia dichosa, sólo en ese sentido son inadecuadas.
Cuando la afección desdichada supera la capacidad de ser afectado del cuerpo en cuestión, sobreviene la muerte, es decir, la esencia abandona la existencia, abandona absolutamente toda tendencia a perseverar en ella, todo conatus, porque aquello que la expresaba en idénticas relaciones características, ha mutado en otra cosa.
Entre la tristeza y la muerte, sólo hay una diferencia en el grado de intensidad o potencia de la afección desdichada.
Criar, como su misma etimología nos indica, no es otra cosa que sostener lo creado en la existencia, es decir, satisfacer el conato, la tendencia o el apetito de la esencia dichosa en la existencia. No es otra cosa que sostener la ecuación “esencia=existencia”, tratando de impedir toda “inad-ecuación”, o sea, toda distinción entre esencia y existencia.
La esencia pasa a la existencia cuando partes externas, ellas mismas existentes, componen idénticas relaciones características, es decir, cuando se cumple la ecuación “esencia=existencia”.
La esencia abandona la existencia cuando partes externas, ellas mismas existentes, descomponen sus relaciones características, es decir, cuando se produce la inadecuación entre esencia y existencia. La inadecuación parcial es la tristeza, la inadecuación absoluta es la muerte.
Cuando por causas externas las partes que componen nuestro propio cuerpo descomponen parcialmente sus relaciones características (de movimiento y reposo), sobreviene la tristeza, que en términos esenciales es la imposibilidad de la esencia de pasar a un mayor grado de perfección, es decir, su función existencial o conatus se debilita, debilitándose nuestra tendencia a perseverar en la existencia, potencia de existir, duración, realidad o perfección.
Cuando esas mismas partes externas que nos componen en la existencia, descomponen absolutamente sus relaciones características de movimiento y reposo, es decir, cuando mudan a otra cosa, la esencia que expresaban, interrumpe su función existencial o conatus, ya no tiene manera de expresar dicha alguna en la existencia, ni siquiera en grado mínimo como para subsistir y, sin el soporte de la dicha, la existencia se interrumpe definitivamente, sobreviniendo aquello que denominamos “muerte”.
Así como la esencia no es causa de la existencia (Ética I, proposición XXIV y Ética II, axioma I), la existencia misma no es causa de esencia alguna. Ambas se expresan mutuamente en una ecuación de relaciones características, “esencia=existencia”, de la que depende toda “ad-ecuación” o “inad-ecuación”.

sábado, 29 de agosto de 2009

LOS GÉNEROS DEL CONOCIMIENTO DE SPIONOZA




Spinoza describe tres géneros del conocimiento, el primero es el género del conocimiento de las afecciones o de las pasiones, el segundo es el de las relaciones o razonamiento y el tercero es el de las esencias o sabiduría y beatitud.
Estos tres géneros del conocimiento no son entes teóricos o entidades abstractas, separadas de la existencia misma, son cada uno de ellos modos o maneras de ser y obrar en la existencia, es decir, modos de la existencia en acto. Implican una descripción del porqué actúan los modos existentes de determinada manera y no de otra. No hay manera de existir por fuera de estos tres géneros del conocimiento o modos de la existencia.
Los géneros del conocimiento de Spinoza, son sistemas, construcciones o composiciones de ideas, como cualquier conocimiento. Ellos mismos no son otra cosa, ni tienen otras cualidades, que las de las ideas que los componen. De acuerdo a las ideas que formamos en nuestra mente, es el mundo en el que transcurre nuestra existencia.

PRIMER GÉNERO DEL CONOCIMIENTO.



Las ideas del primer género del conocimiento, expresan al cuerpo como aquello por lo que ellas son concebidas, es decir, recibidas. Expresan las afecciones del cuerpo, del que son ideas, pero nada expresan sobre las causas de esas afecciones.
Estas ideas de nuestra mente son concebidas por las afecciones del propio cuerpo, son su efecto, dichoso o desdichado, expresan dichas o desdichas del cuerpo existente en acto. Dependen absolutamente de las afecciones o pasiones corporales, son ideas pasión o ideas afección (afecttio).
Para Spinoza, estas ideas son absolutamente inadecuadas, en el sentido que nada expresan sobre la naturaleza de sus causas. La adecuación (ad-ecuación) surge de una ecuación elemental y primera, causa=efecto, a toda causa le corresponde un efecto y, viceversa, todo efecto corresponde a una causa, lo adecuado o inadecuado de una idea está en relación con aquello que expresa sobre su causa.
En las ideas del primer género, causa y efecto se encuentran adheridos, pegoteados e indiscriminados. Sólo expresan al cuerpo como efecto de una afección, pero nada conocen ni pueden expresar sobre las causas de la afección del cuerpo del que son ideas. Sólo expresan la naturaleza del ideando, pero nada expresan sobre la naturaleza de la idea, ni sobre su causa.
Estas ideas son absolutamente finitas por su causa, desaparecen instantáneamente cuando desaparece la afección corporal o el cuerpo mismo del que son ideas. Es la gacela que huye por el olor o la visión del tigre, pero cuando el tigre no está, para ella no existe.
Las ideas del primer género, ideas afección o ideas pasión, sólo se pueden padecer, son afecciones pasivas. Expresan las afecciones del propio cuerpo, del que son ideas y que es su causa, pero nada expresan sobre las causas de esas afecciones. Provocan reacciones instantáneas ante la afección corporal, pero no hay en ellas nada que permita provocarlas o evitarlas, no hay memoria, ni registro de la propia existencia, más allá de la perseverante y persistente afección corporal instantánea. Las criaturas que existen en el primer género del conocimiento, viven un eterno aquí y ahora, sin idea alguna del pasado ni futuro.
En este estado de cosas, existir es padecer y dejar de padecer es dejar de existir (E V, proposición XLII, Escolio). Estas ideas son absolutamente corporales, pura emocionalidad o afección corporal sin racionalidad alguna. Las dichas y desdichas del primer género son absolutamente corporales, puro choque de cuerpos y asar de los encuentros, la carencia de racionalidad impide todo intento de organización de los encuentros en la existencia, el primer género del conocimiento es una cárcel inexpugnable de padecimientos, dichosos o desdichados, es la cárcel de la mismidad. A este género del conocimiento corresponden todas las criaturas cuyas mentes nunca acceden a la razón.
Las ideas del segundo género del conocimiento expresan las relaciones, como aquello por lo que ellas mismas son concebidas (recibidas), es decir, como su causa. Expresan relaciones de nuestro propio cuerpo con otros cuerpos (nociones comunes más particulares), de otros cuerpos entre sí y con la naturaleza toda (nociones comunes más generales).
Estas ideas surgen cuando la mente comprende la existencia de relaciones, como causas de las afecciones de su propio cuerpo, del que es idea, con los otros cuerpos existentes que afectan al suyo. Esta comprensión de las relaciones se expresa en las nociones comunes, nociones de relación o de comunidad de la propia existencia.
El concepto de “relación”, sustituye como causa al concepto de “afección” o padecimiento. No soy aquello que padezco, hay una relación que me hace padecer.
Estas ideas del segundo género son adecuadas, en el sentido que expresan algo sobre la naturaleza de sus causas, una relación, explicada por una noción común entre la idea y su causa o entre la idea y lo ideado.
Todas las ideas del primer género expresan las afecciones del propio cuerpo, por las que son concebidas, sólo expresan la naturaleza del cuerpo afectado pero nada explican sobre la causa de su afección ni sobre la naturaleza del cuerpo externo afectante.
Son absolutamente autorreferenciales, el mundo se explica por las afecciones que me produce. Todo aquello que afecta a mi cuerpo de dicha, es “bueno” y todo aquello que afecta a mi cuerpo de desdicha, es “malo”, nada expresan estas ideas sobre las causas de mi dicha, ni de mi desdicha, menos aún sobre la dicha y la desdicha en sí mismas. Estas ideas son absolutamente finitas, como el cuerpo del que son ideas.
Todas las ideas del segundo género expresan una relación del propio cuerpo, del que son ideas, con otro u otros cuerpos externos que lo afectan. Estas ideas son concebidas por una relación, incorporan algo más, implican la afección del propio cuerpo, como las del primer género, pero implican además una relación de mi cuerpo afectado con otro u otros cuerpos que lo afectan. Esa relación es una noción común, es decir, es la idea de algo que está en mí y está en el cuerpo externo que me afecta. Es la noción de una propiedad común a nuestro cuerpo y a los cuerpos exteriores, es la primera idea de comunidad o idea de lo común.
Con estas ideas se hace patente todo un mundo externo y se desvanece la cárcel de la mismidad, de manera gradual y paulatina, desde las nociones comunes más particulares que se refieren a mi cuerpo y a otro u otros cuerpos externos, hasta las nociones comunes más generales, que no necesitan incluir a mi cuerpo para ser comprendidas y expresan las relaciones entre cuerpos externos independientemente del mío.
Estas nociones comunes van de lo propio y particular a lo general y universal. Con ellas se inicia la racionalidad, como idea de las relaciones que vinculan a las causas con los efectos.
En tanto ideas de una relación, implican y expresan de algún modo, la naturaleza del cuerpo afectado (afección) y la naturaleza del cuerpo que lo afecta (causa). Aparece con ellas por primera vez en la mente alguna referencia a la causa externa de las afecciones del propio cuerpo.
Antes de ellas, la afección del propio cuerpo y su causa externa eran una y la misma cosa, absolutamente indiscriminadas e imposibles de discriminar. A partir de ellas, la afección del propio cuerpo del que son ideas y la causa externa que la produce, aparecen explicadas por una relación que las implica.
Las ideas del segundo género o nociones comunes son las primeras ideas de las causas externas de las afecciones del propio cuerpo. Con ellas la mente, como registro de las afecciones del propio cuerpo, se abre hacia el conocimiento de las infinitas causas externas de afección. El mundo aparece para la mente como las infinitas relaciones que afectan al cuerpo en la existencia. La aparición de este infinito mundo externo en la mente, sólo es posible por la irrupción de estas ideas del segundo género o nociones comunes, que se refieren al modo finito o individuo (nociones más particulares) y al modo infinito mediato (nociones generales y universales).
Con la idea de relación o noción común, quedan claramente delineados dos términos, que son precisamente los que se relacionan; aquello que padece (el propio cuerpo) y aquello que es causa de ese padecimiento (un cuerpo externo). Aparece con ellas la posibilidad de acción más allá del propio padecimiento.
Las ideas del segundo género son en principio particulares, es decir, son nociones comunes que se refieren a mi propio cuerpo, del que son ideas, y a algún otro cuerpo externo que lo afecta. Uno de los términos de la relación siempre soy yo, son ideas de mis propias relaciones con el mundo que me es más inmediato. Estas nociones comunes son finitas como lo es el cuerpo del que son ideas y sus relaciones.
Surgen de una afección instantánea y deberán hacerse durables para transformarse en afectos, es decir, en modos de pensar de los que derivan modos de obrar. Ese pasaje de la pura instantaneidad de la afección al afecto duradero, se da por la reiteración o repetición de la afección dichosa, o sea, por su perseverancia en ella. Sin pasión dichosa reiterada no hay pasaje de la afección (afecttio) al afecto (afecttus).
Las nociones comunes o ideas del segundo género, sólo se pueden formar a partir de afecciones dichosas, verdaderas afecciones de la esencia que es esencialmente dicha y que las reconoce y se expresa en su tendencia a perseverar y permanecer en ellas (potencia de existir), permitiendo que la instantaneidad de la afección se transforme en afecto duradero y en modo de pensar y obrar.
La transformación de una afección corporal dichosa (idea de primer género) en una idea relación duradera o noción común (idea de segundo género), es lo que llamamos conocimiento. El conocimiento es afectivo (afecttus), está siempre ligado a una dicha y por ella implica el pasaje a una mayor perfección o la expresión de un mayor grado de potencia.
Las afecciones desdichadas o tristezas no afectan a la esencia (esencialmente dicha) que jamás las reconoce, ni se expresa al respecto, sólo afectan al modo existente en acto que tiende a abandonarlas porque son causa de la inexpresividad de su esencia, potencia de existir o tendencia a perseverar en la existencia. De tal modo que las tristezas nunca abandonan su estatus instantáneo de afecciones o pasiones (E IV, proposición LXIV, demostración), nunca configuran verdaderos afectos duraderos, ni verdaderos modos de pensar y obrar. Ellas son permanente y perseverantemente defectos del entendimiento que producen entendimientos defectuosos, es decir, son ideas del primer género o ideas afección/pasión, que impiden toda acción eficiente y todo conocimiento y comprensión. La ignorancia es afección (afecttio), es un defecto ligado siempre a una desdicha que implica inexpresividad de la esencia (esencialmente dicha) y de sus grados de potencia, o sea, es impotencia esencial, impotencia de existir o de ser y obrar.
Si las afecciones desdichadas o pasiones tristes afectaran realmente a la esencia, es decir, si fueran de algún modo reconocidas por ella, eso implicaría que en la esencia hay algo de desdicha o tristeza conocida y eso permitiría la configuración adecuada, es decir, desde su propia esencia o por causa de ella, de criaturas desdichadas. Esto expresa, a mi juicio, una clara contradicción, ya que nada hay en la esencia de los seres y las cosas por lo cual éstos puedan ser destruidos y la desdicha es un modo de la destrucción o descomposición. Nada hay en la esencia de una cosa por lo cual pueda no ser. La existencia no es por causa de la esencia y cuando es desdichada, nada expresa de la esencia que permanece inexpresiva e impotente, sólo la existencia dichosa expresa a la esencia (esencialmente dicha) y a todo su gradiente de potencialidades.
Todo afecto de dicha implica expresividad de la esencia y afirmación en la existencia o potencia de ser y obrar.
Toda afección desdichada o tristeza, implica inexpresividad de la esencia e impotencia de existir o de ser y obrar.
Los verdaderos afectos, modos durables de pensar y obrar, son los afectos de dicha o alegría. Las afecciones desdichadas o tristezas, sólo parecen hacerse durables y configurar “afectos”. Su aparente duración (melancolía, depresión), no les pertenece, ni les es propia, sólo expresa la inexpresividad duradera de un afecto de dicha subyacente o la inexpresividad de una esencia dichosa y eterna.
Interrumpida la afección desdichada, el afecto de dicha subyacente se expresa nuevamente y la esencia se expresa en su dicha esencial. Toda tristeza puede ser removida de la existencia, porque detrás de ella siempre hay una dicha no expresada que la soporta.
Las afecciones tristes que impiden la expresión de los afectos y de las esencias, dichosos, nada son en sí mismas, más que un defecto o una carencia y no pueden por sí mismas expresar esencia alguna, ni configurar modo alguno de pensar y obrar, son pura impotencia, inefectividad e inexpresividad.

LA PARADOJA DE LA RAZÓN

El problema inherente al segundo género del conocimiento, por el cual, siendo adecuado, no es él mismo sabiduría ni beatitud, consiste en que es incapaz de evitar las ideas del primer género o ideas afección/pasión.
En este estado de cosas, coexisten las ideas del primer y del segundo género en una misma mente, esto permite que sometamos la razón (segundo género) a las pasiones (primer género).
En el segundo género del conocimiento, la razón dota a las pasiones de enorme efectividad, del mismo modo que la verdad dota a la falsedad de enorme verosimilitud.
Esto hace del segundo género del conocimiento, un modo de la existencia indispensable pero sumamente peligroso. Es necesario para acceder a la razón y a los modos eficientes de ser y obrar y de organizar los encuentros, pero no impide en sí mismo, la perseverancia y expresión de las ideas del primer género, ideas afección o pasiones, que cuentan en él con la enorme eficacia de los razonamientos o ideas adecuadas.
Las primeras ideas del segundo género a las que accede nuestra mente son las nociones comunes más particulares o menos generales, las que me tienen a mí como protagonista de la relación que es idea en mi mente y a algún otro u otros cuerpos externos que se relacionan conmigo. Son autorreferenciales, las más fáciles de formar y las más necesarias para la concreta subsistencia. Las dichas que producen las nociones comunes más particulares me tienen a mí como principal beneficiario y alcanzan a algún otro, siempre y cuando ese otro esté implicado en mi propia dicha.
Las nociones comunes inician el camino de la razón y los razonamientos, que es la capacidad de organizar los encuentros de la existencia en forma dichosa y en propio beneficio. Con ellas se pone en práctica una ética del auto interés. La irrupción de las nociones comunes, dota a las pasiones, que aquí no nos abandonan, con la enorme efectividad de los razonamientos.
Las ideas de segundo género, en tanto adecuadas y razonables, son fuente de afecciones dichosas y de buenos encuentros, pero no implican ellas mismas, ningún conocimiento de la dicha en sí, es decir, de la esencia dichosa, ni propia, ni ajena.
Implican en sí mismas una contradicción. Son fuente de afecciones dichosas de nuestro propio cuerpo en la existencia, pero no implican ellas mismas ningún conocimiento de la dicha en sí misma o esencia dichosa. Al no ser estas nociones comunes ninguna idea de la dicha en sí, nos afectan de dicha manteniéndonos ignorantes de la dicha misma. Paradójicamente la razón nos hace dichosos manteniéndonos ignorantes de la dicha en sí. Es por eso que las nociones comunes más particulares nunca nos satisfacen y pueden conducirnos al exceso. Implican ellas mismas placer, pero no implican dicha o júbilo (E IV, proposiciones XLII y XLIII, demostración). Esta es una característica del segundo género del conocimiento, que siendo adecuado, hace posible todas las desdichas que le son propias por la alianza de las pasiones con los razonamientos.
Implican la dicha de la existencia, de las partes que nos componen en la existencia, es decir, placer, pero no implican la dicha de la esencia o júbilo. Es en este sentido que las nociones comunes más particulares son absolutamente finitas, como finita es la dicha de la propia existencia.
El segundo género del conocimiento o género de las relaciones, es una estación inevitable en el progreso del entendimiento, pero, como la construcción del propio “yo”, puede atraparnos en un estanque en donde se detiene todo curso o devenir de la propia dicha y sabiduría.
Es territorio de sofismas, de inusitadas habilidades y artificios, que sostienen lo falso con enorme efectividad. Es reino de sofistas, criaturas de la cautela y del engaño, amos de toda la sofisticación.
Corresponde al “Reino de los Dioses” del Budismo Tibetano, lugar de la propiedad, del poder y de todos los privilegios, que ocultan con razonable eficiencia la impotencia y la herejía de todos los sectarismos y partidismos.
Las afecciones dichosas del segundo género surgen de la utilidad de la razón, son conocimiento de las relaciones en función de nuestra propia utilidad (ética del auto interés), sin ningún conocimiento de las esencias, esencialmente dichas comunes. Esto permite que el segundo género del conocimiento sea causa de desdichas.
Es muy fácil y por eso mismo muy habitual, detenernos y estancarnos en la formación de las nociones comunes más particulares, sin avanzar a las más generales o universales, porque ellas solas parecen hacernos dichosos.
“La poca ciencia, aleja de Dios…”
Los “Siete Pecados Capitales” del Cristianismo, son modos de la existencia regidos por las nociones comunes más particulares aliadas a las pasiones del primer género. El Dios de este género del conocimiento o modo de la existencia es, necesariamente, un Dios que condena los excesos. Tarea vana, porque los excesos son producidos por las mismas ideas que producen ese Dios. En este estado de cosas, ese mismo Dios será fuente de excesos, al ser producto del modo de la existencia que los produce.
Son las nociones comunes más generales o universales las que pueden rescatarnos de la trampa del placer y el auto interés, hacia la sabiduría, dicha esencial, beatitud o compasión. Estas ideas corresponden a la universalidad del entendimiento, que no está ligada a la finitud de mi propio cuerpo, pudiendo alcanzar la infinitud misma del modo infinito mediato al que se refieren y expresan. Si bien no son ideas de la esencia en sí (esencialmente dicha y eternidad), prefiguran y configuran las primeras ideas de alguna eternidad.
“…, mucha ciencia, acerca a Dios.”
Las nociones comunes más generales configuran el conocimiento universal que trata de explicar desde lo más pequeño a lo inconmensurable y que no se contenta con aquellas ideas que lo hacen dichoso, perseverando más allá de la finitud de las criaturas que lo producen, en la búsqueda de la idea de la dicha en sí, sabiduría, beatitud o compasión*.
*Spinoza no pronuncia nunca esta palabra, pero ella está implícita en todo su texto, como lo veremos en otra presentación titulada “La compasión en Spinoza”.
Estas ideas o nociones comunes universales, son infinitas por innumerables, como el modo infinito mediato al que se refieren y expresan, y son una primera manera de abordar las ideas en el modo eternidad. Las nociones comunes más generales o universales son las primeras ideas que expresan una “especie” o una “mirada” de la eternidad, ligada a la noción común (E V, proposición XXIX, demostración y Gilles Deleuze, “Spinoza y el problema de la expresión”, “Beatitud”, página 301).
La infinitud de las nociones comunes más universales, génesis del conocimiento universal, es causa de la imposibilidad de ser abarcadas por una sola mente. Nadie puede conocerlo todo.
Son las nociones comunes más generales o universales, las más difíciles de formar y las que nos acercan a las ideas del modo infinito mediato, es decir, a alguna idea del aspecto del universo todo, con respecto al atributo extensión y a alguna idea del entendimiento infinito y de la infinita satisfacción inmutable o dicha que de él emana, como expresión del atributo pensamiento.
Son ideas de las relaciones de los cuerpos más allá del propio, ideas de la composición de los cuerpos en sí mismos y entre sí, ideas de la composición de los cuerpos en la naturaleza toda e ideas de la composición de la naturaleza como un cuerpo único en sí misma y como expresión de una Naturaleza Naturalizante que es su causa.
Son ideas de la relación de las ideas o composición del pensamiento en la mente, ideas del propio conocimiento y del conocimiento en sí. Son ideas que expresan un entendimiento de sí y un entendimiento de todas las cosas y criaturas que son y obran en la naturaleza, ideas del entendimiento de la naturaleza toda en su conjunto y de la Naturaleza Naturalizante como causa (Dios del segundo género).
A través de estas ideas adecuadas o nociones comunes universales que expresan el entendimiento de sí y el entendimiento de todo aquello que es y obra en la naturaleza, nos aproximamos al conocimiento de la infinita satisfacción inmutable o dicha por la cual somos y obramos, todas las cosas son y obran y Dios mismo es y obra.
De este conocimiento al de las esencias, hay muy poco trecho.
Las nociones comunes más particulares o menos generales, si bien son adecuadas en tanto implican la idea de una relación que connota la idea de una causa, son ellas mismas muy parecidas a las ideas del primer género o ideas afección/pasión, son siempre autorreferenciales, buscan la afección dichosa sin reparar en desdichas, ni propias ni ajenas, que para ellas no existen y son absolutamente finitas, como finita es la afección dichosa que nos producen. Estas nociones comunes particulares nos conducen ellas mismas a afectarnos de desdichas o tristezas.
Aún las nociones comunes más universales, que expresan la composición y descomposición de nuestro propio cuerpo, de todos los cuerpos de la naturaleza y de la naturaleza toda en sí misma, pueden ellas mismas afectarnos de desdicha y tristeza, en tanto todas las nociones comunes son ideas de una relación, pero ninguna de ellas es idea de la esencia (esencialmente dicha).
Cuanto más progresamos en la formación de las nociones comunes universales, más se fortalece en nosotros la intuición de un deseo, de un amor y de una dicha. Un deseo de conocer cada vez más en la medida que conocemos y comprendemos adecuadamente, un amor por el conocimiento y por la comprensión en sí mismos y una dicha que se intuye de algún modo definitiva, absoluta y eterna. Se comienza a esbozar así el conocimiento intuitivo o del tercer género.


SABIDURÍA O BEATITUD


Las ideas del tercer género son ideas de la esencia en sí, es decir, son ideas de la dicha misma. Surgen de la propia esencia dichosa y expresan la dicha de todo aquello que es y obra.
Ya no comprendemos solamente la composición de nuestro propio cuerpo, la de todos los cuerpos existentes en la naturaleza y la de la naturaleza toda en su conjunto, ni comprendemos solamente las relaciones de los cuerpos con nosotros mismos y entre sí, sino que comprendemos la satisfacción inmutable o dicha que emana del entendimiento de cada uno de ellos, por el cual son y obran en la existencia.
Estas ideas ya no son infinitas, como las nociones comunes universales, son eternas por su causa, la propia esencia dichosa y son solamente tres; la idea de la propia esencia o idea del “yo”, la idea de la esencia de las cosas de la naturaleza toda y la idea de Dios o de la esencia de la Naturaleza Naturalizante.
Como todas las esencias convienen entre sí, son esencialmente dicha y una misma esencia en el atributo al que pertenecen, estas tres ideas son en realidad una sola, idea de la dicha, que se despliega y tiende, desde la propia existencia hacia todo lo que existe, es y obra en la naturaleza toda y hacia la Naturaleza Naturalizante o Dios, como su causa.
En este estado de cosas, las desdichas o tristezas, propias o ajenas, producen un cierto asombro y extrañeza. No porque no se las comprenda, absoluta y adecuadamente, sino porque comprendiéndose las dichas esenciales resulta asombroso ver acontecer las desdichas. Así como para quien conoce la verdad, lo falso resulta increíble.
A la idea que surge de la propia esencia, esencialmente dicha, le resulta extraña o extranjera la desdicha o tristeza, ya sea propia o ajena, por causa de su propio origen.
Hemos alcanzado el tercer género del conocimiento de Spinoza, la Sabiduría o Beatitud, que no es distinto de la Iluminación del Budismo Tibetano, ni del Estado de Gracia del Cristianismo y que creo se expresa más acabadamente con dos palabras, “Sabiduría” y “Compasión”.
Estas tres ideas del tercer género, ya no son conocimientos, infinitos por naturaleza e inabarcables, mucho menos aún son afecciones o pasiones, que no implican conocimiento alguno, son sabiduría intuitiva que surge de la máxima expresión de la propia esencia, esencialmente dicha, que derrama y comulga con la dicha esencial de todo lo que es y obra, hasta alcanzar la dicha infinita, eterna y original, que es su causa.
Si somos estrictos, aunque parezca arribarse a este género del conocimiento, se trata de un regreso a la dicha esencial y original, es un descubrimiento o desvelamiento de aquello que es innato y por eso mismo, absolutamente ignorado, cubierto y velado, por la existencia misma.
El tercer género de Spinoza es el triunfo del conocimiento sobre la ignorancia, de lo innato sobre lo adquirido, de lo esencial sobre lo existencial, como producto de un tránsito que es una verdadera prueba de resistencia de materiales, los materiales de nuestro propio cuerpo y “nadie sabe de lo que es capaz un cuerpo”. Sus capacidades son excelsas, “pero todo lo excelso es tan difícil como raro”. Así se despedía Spinoza en la última frase del quinto libro de La Ética.
Hay en las esencias comunión, todas convienen entre sí y ninguna puede destruir a otra, igual cualidad tienen las ideas esencia del tercer género. Llegar a conocer una implica conocerlas todas y la primera idea de la esencia en el modo eternidad, es la idea del “yo”. Como sucedió con las nociones comunes más particulares, éstas se inician a partir de mí, pero a diferencia de aquellas, no implican relaciones, ni se suman unas a otras configurando un infinito más o menos grande, que puede siempre ser mayor por su propia infinitud (modo infinito mediato).
Las ideas de la esencia, no son ideas de afecciones, ni de relaciones, ni de cantidades, son ideas de intensidades de una misma cualidad, es decir, son ideas de una sola y misma cosa, y se diferencian unas de otras, por grados de intensidad o grados de potencia. La idea del “yo”, es menos intensa que la idea de la esencia de las cosas de la naturaleza toda, que es menos intensa que la idea de la esencia de la Naturaleza Naturalizante o Dios, pero las tres ideas son esencialmente la misma.
Si hay entre ellas alguna diferencia, sólo se refiere e implica, diferencias de intensidad o de potencia, cualidad intensiva de la esencia en la que radica la particularidad o individuación de las esencias de modo.
Son en sí mismas un absoluto que sólo puede diferenciarse por matices de intensidad de una misma cosa, satisfacción inmutable o dicha. Como el ejemplo del “muro absolutamente blanco” que utilizara Gille Deleuze, esta idea del tercer género o idea de la esencia, implica en sí misma una infinidad de matices, matices del mismo blanco, que no pueden ser separados, ni abstraídos, ni divididos. Esta idea es indivisible por su propia causa, aunque comporta en sí misma infinitos matices de intensidad o de potencia.
Su indivisibilidad, su absoluto y su eternidad, nos conducen directamente a la idea de Dios o del “Ente absolutamente infinito que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita.” (E I, definición VI).
Cualquier conocimiento, como idea adecuada del segundo género, puede conducirnos hacia el conocimiento de la esencia o idea del tercer género. Todos los conocimientos o ideas del segundo género en su conjunto e infinitud, no son ellos mismos, ninguna idea de la esencia, por eso la erudición no es sabiduría, ni el conocimiento es comprensión.
Las ideas del tercer género expresan la esencia del ideando, su idea del “yo” o su entendimiento de sí, del que emana la infinita satisfacción inmutable o dicha de su ser y de su obrar, que comulga con la esencia, satisfacción inmutable o dicha de todo lo que es y obra en la naturaleza toda y nos conduce a la infinita satisfacción inmutable o dicha de la Naturaleza Naturalizante como su causa.
Todas las esencias convienen entre sí porque son esencialmente la misma cosa, infinita satisfacción inmutable o dicha de ser y obrar, esa es la comunión de las esencias. Se diferencian unas de otras como esencias de modos, de éste o de aquel modo existente en acto, sólo por una cualidad intensiva, grado de intensidad o de potencia, sólo en esto consiste la individualidad o particularidad de las esencias.
Siendo todas esencialmente dicha, sus modos existentes no pueden las mismas cosas. Los modos de ser y obrar en la existencia implican un gradiente de potencialidades, potencias de dicha o de satisfacción inmutable, potencias de perseverar en la existencia, ser y obrar, que es partículas para cada modo existente, tanto en su género o naturaleza como en su individualidad o particularidad.
La infinita diversidad de las criaturas que pueblan el mundo o la vida, expresa y explica ella misma, una única e infinita esencia dichosa, que implica para cada modo existente, un gradiente de potencialidades o gradiente de intensidades.
A mayor complejidad, mayor potencialidad dichosa, mayor capacidad de obrar y comprender, mayor sabiduría y mayor compasión. Es por eso que los seres más compuestos y complejos, pueden conocer, comprender, domesticar y criar a los seres más simples y no a la inversa.
Comprender por la esencia es comprender por la dicha, por la propia satisfacción inmutable, que no es esencialmente diferente de toda satisfacción inmutable o dicha existente.
Conocemos por nociones comunes o ideas de relación (segundo género) y comprendemos por comunión esencial o dichosa (tercer género), por eso conocer no implica comprender. Conocer implica la dicha de la utilidad de la razón, comprender es ser dichoso, es compartir la dicha propia y ajena, aún en la desdicha.
Nuestros mayores desafíos en la existencia, se nos presentan frente a aquellas cosas o hechos que llegamos a conocer pero que no podemos comprender. Ellos implican un defecto de nuestro entendimiento que explica una inexpresividad esencial, es decir, una imposibilidad de dicha.
Las dichas del tercer género son sus ideas mismas, en sí mismas virtud. En él nuestra esencia se expresa en su mayor grado de potencia y ya no es posible pasar a una mayor perfección, porque nos encontramos en la dicha misma de la virtud.
Estas ideas son eternas por su causa (la esencia), conocen y comprenden todo lo que es y obra en la existencia por su esencia misma, con la que comulgan y comparten su “propia” esencialidad dichosa.
Las ideas del tercer género del conocimiento o ideas de la esencia, inmunizan al espíritu de desdichas y tristezas, que no pueden padecerse en este modo de la existencia, ésta es la diferencia radical entre el segundo y el tercer género del conocimiento.
Así como la verdad es causa de sí misma y de todo lo falso (Ética II, proposición XLIII, Escolio), la idea del tercer género, idea de la dicha misma, es causa de sí y de todas las desdichas. Al ser causa de sí, es eterna y al ser conocimiento de la dicha como causa esencial de todas las desdichas, éstas no pueden padecerse (Ética V, proposición III y proposición XVIII, Escolio), tal como las falsedades no pueden engañar a quien conoce la verdad.
Las ideas del tercer género configuran aquello que Spinoza denomina “amor intelectual” y “nada se da en la Naturaleza que sea contrario a este amor o que pueda quitarlo.” (E V, proposición XXXVII, demostración.).
Las ideas del tercer género expresan al espíritu como aquello por lo cual son concebidas (recibidas), son la espiración o emanación de la “propia” esencia dichosa, que conviene y se compone con todo otro espíritu o esencia dichosa.



EL MIEDO A LA MUERTE.



El regreso a la dicha esencial, innata y original, crea la clara constancia de la propia existencia como tránsito o devenir. Concebimos (recibimos) a la dicha como origen y como oriente, y a la existencia misma como su expresión transitoria o duradera.
No es transitoria la dicha por virtud de la existencia duradera, es transitoria y duradera la existencia por la absoluta y eterna virtud de la dicha esencial.
En este estado de cosas, no se teme a la muerte, que no es otra cosa que la interrupción de la duración del tránsito existencial, cuya esencia eterna persevera en la dicha esencial de la que provenimos.
Todo aquello que comprendimos de este tercer modo del conocimiento en el tránsito existencial, persevera en la eternidad de nuestra esencia. La esencia se nutre de todas las intensidades que comprende, crece y se desarrolla en su esencialidad dichosa. Comprender, para la esencia, es aumentar sus grados de intensidad o potencia.
Aquello que la esencia comprende siempre se refiere a “otras” esencias de modo (otras criaturas), que la comprenden y componen en una mayor intensidad que persevera en ella misma eternamente. Las esencias que comprendemos se funden con la nuestra y en ella perseveran eternamente. Nada muere para la esencia, que se nutre y conserva en sí misma toda esencialidad.
Nacer es el pasaje de la esencia a la existencia, morir es el pasaje de la esencia de la existencia a la esencia en sí misma, un regreso al origen. Si nada hemos comprendido de este tercer modo en el tránsito existencial, nada queda para nuestra propia eternidad y la muerte es absoluta finitud, nuestra esencia está “vacía”, inefectiva, no efectuada. Nuestra esencia es esencialmente dicha, que se nutre y desarrolla con todas las esencias que comprendemos en la existencia y que en ella perseveran y permanecen para toda la eternidad (comunión esencial).
Sólo las ideas del tercer género son eternas y ellas configuran toda nuestra potencial eternidad.
Las nociones comunes universales o ideas del segundo género, son infinitas y como tales perseveran en la existencia como conocimiento universal, a disposición de las infinitas criaturas que existen y existirán, más allá de nosotros mismos y que como el universo todo al que expresan y se refieren, crean y recrean mundo.

ETERNIDAD, INFINITUD, DURACIÓN E INSTANTÁNEIDAD.


Las ideas del tercer género expresan a la esencia como infinita satisfacción inmutable o dicha emanada del entendimiento infinito del cual la esencia misma es expresión, expresan Dios en ellas mismas. En tanto expresan Dios, estas ideas son eternas.
Como infinitas son las nociones comunes universales (conocimientos), que expresan al modo infinito mediato al que se refieren. Como duraderos y finitos son los afectos que expresan los grados de potencia de la esencia dichosa en la existencia. Como instantáneas son las afecciones o ideas de primer género que expresan las pasiones, dichosas o desdichadas, de la existencia.
En el tercer género del conocimiento no hay nada más por conocer, porque sus ideas implican absolutamente aquello que buscamos en cada conocimiento, la dicha esencial.
El espíritu es el reposo en la esencia misma, que es inmune por su causa (esencialmente dicha) a todas las desdichas o tristezas, sobre las que tiende una “especie” o “mirada” de eternidad, en la que cabe toda la sabiduría, beatitud o compasión de quien comprende desde su esencia dichosa toda esencia existente, expresada y dichosa o inexpresiva y desdichada.
Sólo quien conoce las ideas del tercer género del conocimiento puede, fácilmente, abandonar todas las demás y reposar en la dicha de su espíritu con la plácida lucidez del conocimiento intuitivo.
Estas ideas son tan claras y distintas respecto de aquello que hay que ser y obrar, que no requieren proceso mental alguno, ni conocimientos previos, para conducirnos a ser y obrar adecuadamente. Su meridiana claridad y distinción se imponen sin proceso mental alguno y la idea misma es acción eficiente. Muchas veces, ni siquiera son ideas razonables, porque la razón implica un proceso mental de relaciones (ideas del segundo género). Tampoco son impulso o instinto, como la pura corporalidad e instantaneidad de las ideas afección/pasión (primer género). Se trata de la sabia, beata y compasiva eficacia del autómata espiritual.
Aquel que alcanza el espíritu, sólo reposa en él, nada necesita, nada pretende, “ya es dueño de todas las maravillas que se supone le acontecen” (Ética V, proposición XXXIII, Escolio.).-V